UNA ESCUELA PARA LA VIDA

No puedo dormir. Me pasa lo mismo que a él; que cuando algo le vibra por dentro lo gestiona a través de la acción. Porque los pensamientos se quedan en meras fantasías, si no los dejas salir de la cama para hacerlos realidad.

Esta tarde charlaba en el sofá de mi casa con un profesor sobre la educación y el proyecto al cual está entregado y le transciende: ” Cuando desaparezca de este mundo -que lo haré-; todo habrá merecido la pena si he ayudado a cambiar la vida de las personas”.

Tomó el último sorbo de café. Dejó la taza sobre la mesa y mirándome a los ojos, cogió aire: “por dónde empiezo”. Entonces recordé la fiesta de no-cumpleaños de una de las obras más increíbles y célebres de Lewis Carrol. Y al igual que el sombrerero loco, cuando Alicia intenta contar su disparatado discurrir por el país de las maravillas, le propongo: “empieza por el principio”

Llegó pidiendo, por favor, algo caliente. Fuera no había parado de llover en toda la tarde. Preparé un café de la máquina: rápido, con espuma y endulzado con sirope de ágave.

La emoción con la que transmite su sueño es tan grande que no le cabe en su cuerpo de gigante. Una persona con alma de docente, convertido a ratos en director, y empresario, desde hace unos meses, a tiempo completo. Roles que tiene bien diferenciados. Llevarlos a cabo en un “tres en uno” no es que sea fácil pero, se siente confiado cuando entiende que la vida con sus experiencias, le han otorgado las capacidades para poderlos desempeñar.

Confiesa que ha sido un desastre como profesor y que pagó con frustración la novatada. No reniega de su pasado de inseguridad dentro del aula, a la vez que se siente orgulloso de haber podido tomar conciencia de sus errores para convertirse en un mejor profesor. Cuando uno se siente inseguro suele contrarrestarlo con un extremado control; el ingrediente principal para una olla a presión, cuya única necesidad es dejarse de contención.

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Imagina que tuvieras en el aula a un grupo de chicos ¿qué harías?-me salta a bocajarro. Desvío la mirada, como si la respuesta estuviera escrita en la pared de enfrente. No sé lo que haría. Estaría. Y es que estar presente, ya me parece un triunfo. Estar, sin otras pretensiones, para empezar me permite escuchar mis necesidades y las del otro…

(Pongamos que estamos enfrascados en un proyecto de cocina. Hablamos de nuestro plato favorito. Todos asienten relamiéndose hasta que uno de los chicos cuenta una receta riquísima que hace su madre con verduras. ¿Verduras? ¡puaj, qué asco! Como si de una clase de lengua se tratara hacemos una lista de verduras. Yo que soy psicomotricista, de formación y de corazón, y quién es psicomotricista sabe que el trabajo corporal es una forma de estar en el mundo, no me puedo contener ¿cómo nos sentiríamos si fuésemos verduras? ¿cómo sería nuestro cuerpo? Para esta receta necesitamos dos tomates, una zanahoria, una cebolla… así pasamos de la lengua a las matemáticas… tres patatas, un calabacín… La zanahoria se pone muy estirada, rígida y está casi de puntillas. Me acerco a los tomates encorvados hasta hacerse redonditos como pelotas. Uy, estos tomates están muy verdes aun. ¿Cómo se sentirían si ya estuvieran maduros? y uno de ellos comienza a aflojarse, a liberar la tensión. Lo empujo suavemente con dos dedos y el niño empieza a rodar por la alfombra como lo hace un tomate recién caído de la tomatera. Las berenjenas se ríen y el resto de verduras lo hacen al compás del tomate maduro. Un calabacín de repente sale corriendo hacia uno de los armarios. Trae consigo las pinturas. Para sentirme un verdadero calabacín necesito pintarme de verde. ¡Y yo de naranja dice la zanahoria! Y, como fluye el agua en un río, que sin que te des cuenta cada vez lo hace un agua distinta, cambiamos la psicomotricidad por la plástica. Mientras utilizan las pinturas como carotenos, me dirijo hacia la berenjena. ¿cómo está la berenjena? Todos admiran su color morado y la cebolla, como si de repente se le hubiera encendido una bombilla, sale disparado hacia la percha donde ha colgado al entrar su ropa de abrigo. Vuelve con el gorro verde de lana que le hizo su abuela. -Te lo presto, si quieres, porque las berenjenas llevan como un tallo verde en la cabeza… Continuando con la receta: todas estas verduras hay que saltearlas en la sartén. Y al ritmo de la música, porque yo sin música no sé cocinar, todas las verduras se van mezclando, bailando…)

…Sigo mirando la pared.  Y estar, sin más, también permite que cada situación cotidiana se convierta en una oportunidad de aprendizaje. Un aprendizaje con sentido y significado. Más dentro de lo que es el propio transcurrir de la vida que de una actividad programada de forma artificial.

Perdona que te interrumpa, me dice, sacando el móvil de la cazadora. Estoy esperando un whatsApp importante. Se le iluminan los ojos como se ilumina la pantalla nada más tocarla. ¿Quieres verlo? Y nos acercamos para ver una imagen que no termina de cargarse. A los segundos aparecen unos planos de un proyecto que quiere ser realidad. Un espacio para una escuela para la vida, una educación no violenta que respete la individualidad y las necesidades de cada persona. Y yo me pregunto como algo tan grande pueda caber en la pantalla de un móvil.

Cuando le acompañé a la salida, fuera todavía seguía lloviendo. Seguimos hablando bajo un paraguas sobre la importancia de tomar conciencia de lo que pensamos y sentimos en cada momento, para elegir la mejor manera de cubrir nuestras necesidades más básicas.

Yo llevaba un rato dándole vueltas a este post y por eso seguí el impulso de levantarme y escribirlo. Ahora, que está amaneciendo ¿sabes qué?, que me vuelvo a la cama.

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2 comentarios en “UNA ESCUELA PARA LA VIDA

  1. Me encanta el proyecto de una escuela para aprender a vivir, pero me sigue dando mucha rabia que estos proyectos sean solo para una minoría y nadie quiera luchar desde la escuela publica y que sea de todos y para todos.

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    • Fanny, entiendo lo que quieres decir y sería genial que las cosas fueran de otra manera. Pero la realidad es que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran. Creo, que es aceptando esta realidad desde donde podemos empezar a cambiarla. Cada uno con los recursos que posee. Te has preguntado Fanny, en qué medida tú puedes participar de este cambio?

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