MI NIÑO NO ME COME: ¡NO QUIERE MÁS!

“¡No quiere más!” es lo que dice mi hijo de dos años cuando no quiere probar bocado. ¿Cómo que no quieres más? ¡Si no has empezado! Yo ya he dejado de desesperarme. Si no quiere más será que no quiere más, así de fácil y de difícil. Los niños no tienen ideas preconcebidas de cuánto ni cuándo deben comer. No conocen las recomendaciones del pediatra, ni las de la OMS, ni lo que come el hijo de tu vecina. Tal vez por eso no aceptan con facilidad las normas rígidas que a veces les queremos imponer. Llora, vomita, aprieta los dientes, mueve la cabeza porque ha comido demasiado, pero nosotros los adultos, en vez de hacerle caso, intentamos obligarle a comer todavía más. Y cada vez es peor: la suave insistencia del principio pronto deja paso a gritos, llantos y amenazas. Tu hijo no puede entender por qué. Cada persona (nosotros ya hemos perdido la capacidad innata de escuchar las señales del cuerpo y nos guiamos por indicadores sociales, culturales… indicadores externos.), cada animal, tiene mecanismos innatos que le hacen buscar los alimentos que necesita y comer la cantidad adecuada  ¿Qué nos hace pensar que nuestros hijos carecen de dichos mecanismos?

No obligue a comer a su hijo. No le obligue jamás, por ningún método, bajo ninguna circunstancia, por ningún motivo.

No obligue a comer a su hijo.
No le obligue jamás, por ningún método,
bajo ninguna circunstancia, por ningún motivo.

La “inapetencia” es un problema de equilibrio entre lo que un niño come y lo que su familia espera que coma; el problema desaparece cuando el apetito del niño aumenta, o cuando las expectativas de quienes le rodean disminuyen. Está claro ¿no?. Sí, eso es exactamente lo que quiero decir: eres tú quien tiene que ajustar sus expectativas, ya que es imposible (por suerte, porque sería peligroso) conseguir que el niño coma más. Esta es la idea central del libro “Mi niño no me come” del pediatra Carlos González; la idea de no obligar al niño a comer bajo ningún concepto. No como un método para abrir el apetito, sino como una manifestación de nuestro amor y respeto por nuestro hijo.

Qué interesante la aclaración que hace en el título. Podría decir “mi niño no come”, sin embargo puntualiza “mi niño no me come”, como si se tratase de un asunto personal. En vez de plantearse en sencillos términos de tienes hambre/no tienes hambre, la lucha por la comida puede convertirse en una trampa del tipo me quieres/no me quieres. A veces los padres tendemos a creer que tenemos la culpa: que no hemos preparado adecuadamente la comida, que no hemos sabido dársela, que no hemos educado bien a nuestro hijo… angustiados porque tememos que enferme, o abrumados por el qué dirán los demás.

Si los padres tenemos miedo, ¿qué tendrán nuestros hijos? Por muy grande que sea nuestra angustia, nuestros hijos están sufriendo todavía más. No nos están tomando el pelo, no nos están manipulando, no «saben latín», no están mostrando su espíritu de oposición… Están, simplemente, aterrorizados. Tú eres una persona adulta, con todos los recursos de la inteligencia, la educación y la experiencia. Tu hijo sólo te tiene a ti.

¿Qué nos contarían nuestros hijos si pudieran hablar? Tal vez algo así:

Desde que cumplí nueve meses empecé a notar a mis padres algo pesados con la comida. Hasta entonces, mis padres me daban de comer bastante bien; pero empezaron a querer darme otra cucharada cuando yo ya había acabado, y un día intentaron meterme una cosa gelatinosa y repugnante que llamaban «sesito» y decían que era de mucho alimento. Al principio eran hechos aislados, y no le di mucha importancia. A veces, para verles contentos, me comía la cucharada de más, aunque luego me encontraba pesado toda la tarde y tenía que tomar una cucharada menos por la noche. Ahora me arrepiento, y pienso si no debí ser más estricto desde el principio. ¿Será verdad eso que dicen de que, si cedes ante tus padres aunque sólo sea una vez, se malcrían y luego siempre están exigiendo? Yo siempre había pensado que educaría a mis padres con paciencia y diálogo, lejos de los autoritarismos del pasado… pero ahora, a la vista de lo sucedido, ya no sé qué pensar.

El verdadero problema empezó hace un mes y medio, cuando yo tenía diez. De repente, empecé a encontrarme mal. Me dolía la cabeza, la espalda y la garganta. Lo de la cabeza era lo peor, cualquier ruido resonaba y me recorría el cuerpo de abajo arriba y de arriba abajo. Cuando la abuela me decía «Cuchi Cuchi» (ella me llama Cuchi Cuchi, y a mí, la verdad, casi me gusta más que Jonathan) sentía que mi cabeza iba a estallar. Y, para colmo, en vez de desahogarme llorando, como otras veces, mi propio llanto me resonaba en los oídos y cada vez estaba peor. Esa especie de plastilina amarillenta que a veces aparece en mi pañal (no sé de dónde saldrá, pero mamá nunca me deja jugar con ella) también cambió; olía mal y me escocía el culito. Alberto, un amigo del parque, que ya tiene trece meses, me dijo que eso era un virus y que no tiene importancia; pero mis padres no deben de entender tanto de eso como Alberto, porque parecían preocupados, como si no supieran qué hacer.

Durante casi una semana, es que no podía ni tragar. Suerte del pecho, que siempre entra bien; pero lo que es las papillas, se me ponía como una cosa aquí en la garganta que acababa vomitando. Y lo extraño es que ni siquiera tenía hambre. Yo les decía a mis padres lo que pasaba, pero no entendían nada. A veces me desespero con ellos, y pienso que ya va siendo hora de que aprenda a hablar. Todo lo entendían al revés. Yo lloraba flojito y largo, diciendo «abrázame todo el rato» y ellos me dejaban en la cuna. Yo ponía cara de «hoy, la verdad, no me apetece nada» y ellos venga a darme más comida. Yo hacía muecas de «una cucharada más y vomito» y ellos se enfadaban y gritaban, y decían no sé qué de «marranadas».

No obligue a comer a su hijo. No le obligue jamás, por ningún método, bajo ninguna circunstancia, por ningún motivo.

No obligue a comer a su hijo. No le obligue jamás, por ningún método,
bajo ninguna circunstancia, por ningún motivo.

Por suerte, el dolor de cabeza y todo eso sólo duró unos días. Pero mis padres no han vuelto a ser los mismos. Siguen empeñados en darme comida que no quiero. Y no ya una cucharada más, como antes; ahora pretenden que coma el doble o el triple de lo normal. Se comportan de una manera muy rara; tan pronto están eufóricos y hacen el indio con la cuchara gritando «¡el avión, mira el avión, brrrrrruum!» como se ponen agresivos y me intentan abrir la boca a la fuerza, o les entra la depre y se ponen a gimotear. Pensé si no sería el virus, si no les estaría doliendo también la cabeza y la espalda. Sea lo que sea, el caso es que la hora de comer se ha convertido en un verdadero suplicio; sólo de pensarlo me entran ganas de vomitar, y se me quita la poca hambre que tengo…

Tu hijo no puede venir mañana y decir: “Mamá, papá, he estado pensando, y he decidido que a partir de ahora me comeré todo lo que me pongáis sin rechistar. De este modo comprenderéis que os quiero mucho, y espero que nuestra relación mejore tras este gesto de buena voluntad” Tu hijo no es capaz de pensar algo así; y si lo hiciera sería incapaz de mantener su promesa (pues es físicamente incapaz de comer más de lo que necesita sin enfermar).

Por tanto, la única esperanza de cambio viene de ti. Tú sí que puedes decirle a tu hijo: “Hijo mío, he estado pensando, y he dedicido que a partir de ahora no intentaré obligarte a comer cuando no tengas hambre, ni comidas que te den asco”. Y tú sí que puedes (aunque, desde luego, te va a costar) mantener tu palabra. ¿Vas a continuar halagando, burlándote, exhortando, haciendo zalamerías, engañando, engatusando, suplicando, avergonzando, regañando, gruñendo, amenazando, sobornando, castigando, señalando y demostrando las excelencias de la comida, llorando o fingiendo llorar, haciendo el tonto, cantando una canción, contando un cuento, enseñando un libro de dibujos, poniendo la radio, tocando el tambor cada vez que la comida penetra en su boca, con la esperanza de que siga bajando en vez de volver a salir, incluso haciendo que la abuela baile una jota;  o  a tratar de que coman contentos y felices, y en un tiempo razonable?

Una conducta alimentaria sana se guía por claves internas (hambre y saciedad), y no por claves externas (presiones, promesas, castigos, publicidad…). Los expertos creen que muchos problemas de la adolescencia y la vida adulta, como el hacer dieta de forma obsesiva o el comer compulsivamente, provienen de haber aprendido, en la primera infancia, a comer según claves externas. Hazle a tu hijo un regalo para toda la vida: permite que aprenda a comer según sus propias necesidades.

Repítelo tantas veces como necesites hasta que te salga de forma natural: “¿No tienes más hambre, cariño? Muy bien, pues lávate los dientes y vete a jugar”.

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