SIDDHARTA

En el libro al que hacía referencia en la entrada del lunes pasado: Plantando semillas, leí la historia del Buda y Mara que empieza así:

El Buda era una persona como vosotros y yo que, antes de iluminarse se llamaba Siddharta Gautama y vivió, hace 2500 años, en el sur del Nepal y el norte de la India. Tenía todo lo que quería: un hermoso palacio, riquezas, la mejor comida, lujosas vacaciones y mucho poder, pero, a pesar de ello, no era feliz, porque sabía que en su vida faltaba algo muy importante. Y, como aún no había logrado dominar su mente, ignoraba cómo estar en paz y  ser libre y feliz, de modo que no estaba contento porque se lo impedían el enfado, el miedo y la confusión…

Esto me llevó a buscar por las estanterías de mi casa uno de los libros más significativos de la obra de Herman Hesse: Siddharta. Aunque la novela está inspirada en la vida y experiencia de Buda, no se trata de la misma historia. Ya hace más de veinte años que lo leí por primera vez y creo que esta última la he disfrutado como nunca. Me encanta cuando un libro me lleva a otro libro, y este otro, al siguiente…

descargaSiddharta había empezado a acumular descontento en su interior. Comenzó a sentir que el cariño de su padre, el amor de su madre y el aprecio de su amigo Govinda no lo haría feliz toda la vida. Empezó a intuir que su venerable padre y sus otros maestros, los sabios brahmanes, le habían ya comunicado la mayor y más excelsa parte de su sabiduría. ¿Dónde encontrar su Yo, su Interior, al Atmán? Para acceder hasta él ¿existía acaso otro camino que valiera la pena buscar?

Por el pueblo de Siddharta pasaron un día tres samanas, ascetas en peregrinación. A primera hora del día siguiente Saddharta se unió a los samanas. Él también sería un samana. Sólo una meta se perfilaba en ante él: quedarse vacío, despojarse  de su sed, de sus deseos, de sus sueños, de sus penas y alegrías. Muchas cosas aprendió Siddharta de los samanas. Aprendió a recorrer muchos caminos para alejarse del Yo. Pero aunque esos caminos lo alejaran del Yo, al final volvían a conducirlo siempre al mismo punto de partida.

-He empleado mucho tiempo en aprender que no se puede aprender nada. Sólo hay un conocimiento que está en todas partes, y es el Almán. Se halla en mí, en ti, y en cada ser. Y empiezo a creer que este conocimiento no tiene peor enemigo que el querer saber, que el aprender.

La vida era sufrimiento y el mundo estaba lleno de dolor; pero era posible liberarse de él, y quien siguiera el camino de Buda encontraría la liberación.

-¡A nadie, oh venerable, podrás comunicarle con palabras y mediante una doctrina lo que te ocurrió en el instante mismo de tu Iluminación! La razón por la que seguiré mis peregrinaciones es para irme alejando de todas las doctrinas y de todos los maestros, y alcanzar yo sólo mi objetivo o perecer. ¡Muchas cosas me ha quitado Buda: muchas! Pero más me ha dado a cambio. Me ha quitado a mi amigo, que antes creía en mí y ahora cree en Él, que era mi sombra y ahora es la sombra de Gotama. Pero me ha regalado a Siddharta, me ha regalado a mí mismo! Se marchó reflexionando, como sumergiéndose en aguas profundas; pues desentrañar las cosas últimas era, según él, la verdadera forma de pensar. Entonces se detuvo: El que nada sepa de mí, el que Siddharta me haya parecido siempre tan extraño y desconocido, proviene de una sola causa: ¡El miedo a mí mismo, la huida ante mi propio ser!

El sentido y la esencia no se hallaban en algún lugar tras de las cosas, sino en ellas mismas, en todo. Nunca había hallado de verdad a ese Yo, pues siempre intentaba apartarlo con las redes del pensamiento. Si ni el cuerpo ni el juego de los sentidos constituían el Yo, tampoco lo eran el pensamiento, ni la inteligencia ni los conocimientos adquiridos, ni el arte, igualmente aprendido, de sacar conclusiones o forjar nuevas ideas a partir de las antiguas. Obedecer al mandato de la Voz (no a cualquier orden exterior) y estar dispuesto siempre: he aquí lo principal, lo realmente necesario; del resto se podía prescindir.

-Quiero aprender de mí mismo, ser mi propio discípulo, conocerme y penetrar en ese enigma llamado Siddharta.

Kamala le enseñó los placeres del amor: El amor se puede mendigar, comprar, recibir como regalo o recoger en la calle, ¡pero robarlo es imposible!. A cambio Siddharta puso en práctica todo lo que sabía:

-Cualquiera puede ejercer la magia y alcanzar sus objetivos si sabe pensar, esperar y ayunar.

Poco a poco, como la humedad que va infiltrándose por la corteza de un árbol moribundo hasta impregnarlo y pudrirlo, el mundo y la indolencia fueron invadiendo el alma de Siddharta hasta colmarla, entorpecerla, agotarla y adormecerla. A cambio de ello sus sentidos habían revivido y aprendido muchas cosas, haciendo acopio de experiencias. Siddharta había ido adoptando ciertos rasgos típicos de los “hombres niños” como son la puerilidad y los temores. No obstante les envidiaba cosas que a él le faltaban: la importancia que lograban dar a sus vidas, el apasionamiento que ponían en sus alegrías y en sus miedos, y la dicha, angustiosa pero dulce, de saberse eternamente enamorados.

Cada vez reía menos y empezó a adoptar, uno tras otro, todos aquellos rasgos que aparecen con frecuencia en los rostros de la gente adinerada: los rasgos de la insatisfacción, del carácter enfermizo y malhumorado, de la desidia y la ausencia de amor. Siddharta no lo advertía. Sólo notó que aquella voz, tan nítida y segura, que otrora despertara en él para guiarlo en sus momentos más brillantes, había enmudecido totalmente.

Estaba, pues, repleto de hastío, miseria y muerte, y nada en el mundo era capaz de atraerlo, distraerlo o consolarlo. ¡Había sacrificado el ayuno, la meditación y la espera por lo más efímero y mezquino que existe: el placer de los sentidos, la vida holgazana y las riquezas! Dominado por su orgullo, había sido siempre el más empeñoso; en esa espiritualidad se había escondido su Yo, se había instalado y seguía creciendo, mientras Siddharta creía poder matarlo con ayunos y penitencias. De ahí que se viera obligado a ir por el mundo, a perderse en el placer y en el poder hasta que el samana muriera en su interior. Por eso había tenido que soportar esos terribles años, soportar el hastío, la vacuidad y el absurdo de una vida monótona y perdida, soportarlo hasta el final, hasta que el Siddharta libertino y codicioso pudieran también morirse.

Despojándose de sus elegantes ropas, se detuvo a orillas del río. Lo primero que aprendió fue a escuchar, a prestar oído con el corazón en calma, con el ánimo abierto y expectante, sin apasionamiento, sin deseos, juicios ni opiniones. Lo segundo que el tiempo no existe. El río está a la vez en todas partes, en su origen y en su desembocadura, en la cascada, alrededor de la barca, en los rápidos, en el mar, en la montaña, en todas las partes simultáneamente, y que para él no existe más que el presente, sin la menor sombra de pasado o de futuro. ¿No era a caso el tiempo la sustancia de todo sufrimiento? ¿No se suprimiría a caso todo mal, toda la hostilidad del mundo en cuanto el tiempo fuera superado, en cuanto se aboliera la idea del tiempo?

Vasudeva (el barquero):

-¿Crees tú, querido amigo, que el sansara, el pecado… pueda serle ahorrado a alguien? ¿Quizás a tu hijito, porque tú lo amas y quisieras evitarle penas, dolores, desilusiones? Sin embargo, aunque murieras diez veces por él, no lograrías apartarle ni un milímetro de su destino.

Poco a poco fue floreciendo y madurando en Siddharta la idea, la noción de lo que realmente era la sabiduría, el objetivo final de su larga búsqueda. No era otra cosa que una disponibilidad del alma, una capacidad, un arte secreto que le permitía concebir en cualquier momento, en medio de la vida, la idea de la unidad, que le permitía sentir la unidad y respirarla. Una de las últimas enseñanzas del río: Todo lo que no se termina de sufrir o no se resuelve hasta el final, se repite; siempre se volvían a sufrir las mismas penas.

Una noche Siddharta dejó de luchar contra su destino, en ese momento dejó de sufrir. Sobre su rostro floreció la serenidad de esa sabiduría que conoce la perfección y que se aviene con el río del devenir, con la corriente de la vida e integrada en la Unidad.

-La sabiduría no es comunicable. La sabiduría que un sabio intenta comunicar a otros suena siempre a locura. El saber puede comunicarse, pero la sabiduría no. Es posible encontrarla, vivirla, dejarse llevar por ella y hasta hacer milagros con ella, pero comunicarla y enseñarla es imposible.

También he encontrado otra idea:

-Lo contrario de toda verdad es también verdadero. Una verdad sólo se puede enunciar y traducir en palabras cuando el unilateral (desprovisto de Unidad). Pero el mundo en sí mismo, lo que existe a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos, nunca es unilateral. Nunca un hombre es totalmente santo o totalmente pecador. Nos parece que así fuera, porque vivimos bajo la ilusión de que el tiempo es algo real. El tiempo no es real. Y si el tiempo no es real, la distancia que parece mediar entre el mundo y la eternidad, entre el sufrimiento y la buenaventuranza, entre el bien y el mal, es también una ilusión. La meditación profunda ofrece la posibilidad de abolir el tiempo, de ver simultáneamente toda la vida pasada, presente y venidera, y entonces todo es bueno, todo es perfecto.

Las palabras son nocivas para el sentido secreto de las cosas; todo cambia ligeramente cuando lo expresamos, nos parece un poco deformado, un poco necio…

 

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