LAS TRES PREGUNTAS: ALEGORÍA DEL CARRUAJE

Un día, suena el teléfono.

La llamada es para mí.

Apenas atiendo, una voz muy familiar me dice:

-Hola, soy yo. Sal a la calle. Hay un obsequio para ti.

9788498674309Entusiasmado, me dirijo a la acera y me encuentro con el regalo. Es un precioso carruaje estacionado justo, justo, frente a la puerta de mi casa. Es de madera de nogal lustrada, tiene herrajes de bronce y lámparas de cerámica blanca, todo muy fino, muy elegante, muy “chic”.
Abro la portezuela de la cabina y subo. Un gran asiento semicircular tapizado en pana burdeos y unos visillos de encaje blanco le dan un toque de realeza al cubículo. Me siento y me doy cuenta de que todo está diseñado exclusivamente para mí: está calculado el largo de las piernas, el ancho del asiento, la altura del techo… Todo es muy cómodo, y no hay lugar para nadie más.

Entonces, miro por la ventana y veo “el paisaje”: de un lado, la fachada de mi casa; del otro, la de la casa de mi vecino…

Y digo: “¡Qué maravilloso este regalo! Qué bien, qué bonito…” y me quedo disfrutando de esa sensación.
Al rato, empiezo a aburrirme; lo que se ve por la ventana es siempre lo mismo.

Me pregunto: “¿Cuánto tiempo puede uno ver las mismas cosas?” Y empiezo a convencerme de que el regalo que me hicieron no sirve para nada.

De eso me ando quejando en voz alta cuando pasa mi vecino, que me dice, como adivinándome el pensamiento:

-¿No te das cuenta de que a este carruaje le falta algo?

Yo pongo cara de “qué-le-falta” mientras miro las alfombras y los tapizados.

-Le faltan los caballos -me dice antes de que llegue a preguntarle.

Por eso veo siempre lo mismo -pienso-, por eso me parece aburrido…

-Cierto -digo yo-

Entonces, voy hasta el corralón de la estación y consigo dos caballos, fuertes, jóvenes, briosos. Ato los animales al carruaje, me subo otra vez y, desde adentro, grito:

-¡¡Eaaaaa!!
El paisaje se vuelve maravilloso, extraordinario, cambia permanentemente y eso me sorprende. Sin embargo, al poco tiempo empiezo a sentir cierta vibración en el vehículo y una rajadura se insinúa en uno de los laterales. Son los caballos que me conducen por caminos terribles; atraviesan todos los pozos, se suben a las veredas, me llevan por barrios peligrosos.

Me doy cuenta de que no tengo control de nada, esas bestias me arrastran a donde ellas quieren.
Al principio me pareció que la aventura que se presentaba era muy divertida pero, al final, siento que esto que pasa es muy peligroso.

Comienzo a asustarme y a darme cuenta de que esto tampoco sirve. En ese momento, veo a mi vecino que pasa por allí cerca, en su coche. Lo insulto:

-¡¿Qué me hizo?!

Me grita:

-¡Te falta el cochero!

-¡Ah! -digo yo-

Con gran dificultad y con su ayuda, sofreno los caballos y decido contratar a un cochero.

Tengo suerte. Lo encuentro.

Es un hombre formal y circunspecto, con cara de poco humor y mucho conocimiento.

A los pocos días asume funciones.

Me parece que ahora sí estoy preparado para disfrutar verdaderamente del regalo que me hicieron.

Me subo, me acomodo, asomo la cabeza y le indico al cochero adónde quiero ir.

Él conduce, tiene toda la situación bajo control. Él decide la velocidad adecuada y elige la mejor ruta.

Yo, en la cabina… disfruto del viaje.

Esta pequeña alegoría debería servirnos para entender el concepto holístico del ser.

Como producto de la unión de dos pequeñísimas células y del deseo de dos personas, hace muchos años fuimos concebidos. Y aún antes de nacer ya habíamos recibido el primer regalo: nuestro cuerpo. Una especie de carruaje, diseñado especialmente para cada uno de nosotros. Un vehículo capaz de adaptarse a los cambios, capaz de modificarse con el paso del tiempo, pero diseñado para acompañarnos durante todo el viaje. En aquel momento, a poco de dejar nuestra protegida “casa materna”, ese cuerpo nuestro registró un deseo, una necesidad, un requerimiento instintivo, y se movió.

El cuerpo sin deseos, necesidades, pulsiones o afectos que lo impulsen a la acción sería como un carruaje que no tuviese caballos. En nuestras primeras horas, con llorar y reclamar casi tiránicamente la satisfacción de nuestros apetitos era suficiente. De hecho bastaba con estirar los brazos, abrir la boca o girar la cabeza con una mínima sonrisa para conseguir lo que queríamos, sin peligro.

Sin embargo, pronto fue quedando claro que los deseos, dejados a un aire, podrían conducirnos por caminos demasiado arriesgados, frustrantes y hasta peligrosos. Nos dimos cuenta de la necesidad de sofrenarlos. Aquí apareció la figura del cochero: en nosotros, nuestra mente, nuestro intelecto, nuestra capacidad de pensar racionalmente. Un eficiente cochero encargado de dirigir nuestro trayecto, cuidándonos de algunos caminos llenos de peligros innecesarios y riesgos desmedidos.

Cada uno de nosotros es, por lo menos, los tres personajes de que intervienen la alegoría durante todo el camino, es decir, a lo largo de nuestras vida: somos el carruaje, somos los caballos y somos el cochero, al igual que somos el pasajero. Somos nuestro cuerpo, somos nuestros deseos, necesidades y emociones, somos nuestro intelecto y nuestra mente, tanto somos nuestros aspectos más espirituales y metafísicos.

La armonía deberemos construirla con todas estas partes, cuidando de no dejar de ocuparnos de ninguno de los protagonistas. Dejar que el cuerpo sea llevado sólo por los impulsos, afectos o pasiones, puede ser y es sumamente peligroso. Necesitamos de la mente para ejercer cierto orden en nuestra vida.

El cochero sirve para evaluar el camino, la ruta. Pero quienes realmente tiran del carruaje son los caballos. No debemos permitir que el cochero los descuide. Tienen que ser alimentados y protegidos, porque… ¿qué haríamos sin los caballos? ¿Qué sería de nosotros si fuéramos solamente cuerpo y cerebro? Si no tuviéramos ningún deseo, ¿cómo sería la vida? Sería como la de esa gente que va por el mundo sin contacto con emociones, dejando que solamente su cerebro empuje el carruaje. Obviamente, tampoco podemos descuidar el carruaje. Y esto implicará reparar, cuidar, afinar lo que sea necesario para su mantenimiento, porque nos debe durar todo el trayecto. Si nadie lo cuida, el carruaje se rompe y, entonces, el viaje puede terminarse demasiado pronto.

Solamente cuando puedo incorporar esto, cuando tomo conciencia de que soy mi cuerpo, mis manos, mi corazón, mi dolor de cabeza y mi sensación de apetito; cuando asumo que soy mis ganas, mis deseos y mis instintos a la vez que mis amores y enojos; cuando acepto que soy, además, mis reflexiones, mi mente pensante y mis experiencias…Solamente entonces estoy en condiciones de recorrer adecuadamente el mejor de los caminos para mí, es decir, el camino que hoy me toca recorrer.

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