HAMBRE DE AMOR

Las adicciones, especialmente las dietéticas, son una manera de enmascarar el dolor que sentimos cuando estamos hambrientos de amor. Solo podemos encontrar fuera de nosotros lo mismo que tenemos dentro; y si es una tremenda falta de amor, atraeremos sucedáneos del amor a nuestra realidad, relaciones y situaciones que nos confirman que es imposible que nadie pueda amarnos de verdad. Como -repito- solo podemos atraer lo que somos, hemos de mirar dentro y rescatarnos de los obstáculos que le ponemos al amor.

No sé si saciarás tu hambre de amor,-dice Ana Moreno- lo que sí me aventuro a prever es que serás una persona mucho más alegre y feliz. Este libro Hambre de Amor es el regalo que nos hace esta autora por su cuarenta cumpleaños.

descargaEl amor que contenemos es el amor que alienta y da vida a todos los seres de la creación. El amor crea y expresa la paz y el orden en la naturaleza. Todos estamos hechos del mismo amor, gracias a él existimos, lo que pasa es que a las personas se nos olvida.

Como se nos olvida que estamos hechos de amor y que, por tanto, somos amor, creemos que no hay amor en nuestra vida. Aceptamos la verdad del ego que nos dice que estamos solos, que no somos amados y que por eso necesitamos desesperadamente que alguien nos ame.

La manera real de encontrar amor es sabernos hechos de amor y decidir compartirlo sin expectativas con el mundo entero. Compartirlo sin expectativas implica que no damos nuestro amor para recibir ninguna compensación, sino que lo ofrecemos porque es y está en nuestra naturaleza.

Pero no, los humanos nos sentimos lejos, separados y solos. Tan abandonados y vacíos que no pensamos que seamos merecedores de amor. Así que utilizamos el arte de la seducción para engatusar y conseguir que alguien se fije en nosotros, que piense que somos un ser diferente a los demás, más especial y, por ello, digno de amor. Escondiendo la realidad de quiénes somos, del dolor que albergamos por sentir que no tenemos amor, y haciéndonos pasar por personas encantadoras, para que así puedan amarnos.

Una de las maneras en las que se manifiesta la insatisfacción vital y el olvido de que somos amor en estado puro es a través de la adicción a la comida. Al engancharnos al consumo de determinados alimentos, nos estamos volviendo adictos al efecto que produce en nosotros la alteración química cerebral que causan las sustancias que estos alimentos contienen. El efecto es normalmente la desconexión con la realidad, es decir, que estos alimentos nos ayudan a anestesiar nuestro dolor emocional, evadiendo los sentimientos de insatisfacción para protegernos del sufrimiento.

Existen alimentos primarios y secundarios. Los primeros nos alimentan pero no vienen en los platos, es todo lo que alimenta nuestro espíritu: ejercicio físico, relaciones afectivas, una actividad con la que disfrutamos… Mientras más alimentos primarios recibamos, menos dependeremos de la comida, que es la nutrición secundaria.

Nos enganchamos a alimentos que nos perjudican y los utilizamos de manera inconsciente para castigarnos, pues al ingerirlos nos encontramos mal. ¿Para qué te castigas? ¿Sigues cayendo en la ilusión de un cuerpo perfecto y en que no eres lo suficientemente bueno para que te quieran, para que te quieras?

Hoy en día hay mucha información sobre los alimentos que te benefician y cuáles te dañan. La dificultad reside en que, aun sabiéndolo, los sigues comiendo. Uno de los grandes errores que cometemos cuando queremos desengancharnos de los alimentos a los que somos adictos es que a menudo tiramos de la fuerza de voluntad y nos imponemos metas muy elevadas y estrictas que no somos capaces de alcanzar.

Quizás puedas pasar varios días sin probarlos pero, llega un día que por una cosa o por otra acabas comiéndolo y en grandes cantidades, satisfaciendo un deseo reprimido. Y como sabes que no te beneficia, después te sientes culpable, confirmando tu mayor temor: no eres suficientemente bueno. Esto se repite una y otra vez. La única manera de romper este círculo vicioso es abandonando la meta. Vincúlate con la acción y no con el resultado.

1.Tratar el síntoma no funciona. Sólo funciona tratar la causa. ¿Para qué no eres capaz de dejar de comer un alimento que no quieres comer? ¿Cómo es que una bolsa de patatas o galletas es más poderosa que tú?

Analiza: ¿Cuándo comes aquello que no quieres comer? ¿Es en momentos en los que estás aburrida, triste, ansiosa, cuando te sientes sola, o por ejemplo, cuando te enfadas con alguien? Sigue un registro que te permita relacionar tus emociones con tus elecciones dietéticas. Si ya sabes qué función cumple comer esos alimentos que no te sientan bien, piensa ¿de qué manera amorosa puedes cumplir la función que hasta ahora cumple la adicción a la comida?

2. No a las restricciones dietéticas. Se trata de encontrar el punto intermedio entre decirse “sí a todo” o prohibirse cosas. No pienses en un elefante rosa. ¿En qué estás pensando? Cuando te prohíbes algo, tu cerebro tiene presente esa prohibición de manera permanente.

3. ¿Qué le darías para comer a la persona que más quieres? ¿Alimentos que le nutran o alimentos que le hagan daño? Todo lo que vemos es un espejo de nosotras. Si tu mundo manifiesta una adicción dietética, es decir, una conducta que te hace daño, estás aceptando que no mereces tu amor. Tu amoroso ser interior está llamando desesperadamente la atención para que hagas un cambio.

La adicción a un alimento, igual que a una persona, es la consecuencia de un estado emocional de carencia en el que nos encontramos. A corto plazo, el alimento o la persona puede calmar una emoción de soledad, tristeza, ansiedad o cualquier otra manifestación del miedo. A medio plazo este efecto se disuelve, por eso necesitamos más droga, para que siga haciendo efecto. El inconveniente es que la dosis cada vez ha de ser mayor y además no resuelve el problema, sino su manifestación. Lo mejor es que te despidas:

  1. “Te quiero gluten, pero no puede ser”. Decides que la relación no tiene futuro (ni presente). Cuando te das cuenta del daño que te hace un alimento tienes dos opciones, seguir con ello y ver si se puede arreglar: que sea ecológico, disminuir la cantidad, lo comes más despacio, lo combinas correctamente con otros alimentos…, o dejarlo.
  2. Abstinencia. Saca el alimento de tu casa y evita ponerte en situación de peligro. Si quieres dejar el gluten mejor no entrar en “El mercado del trigo”.
  3. Aceptar lo que sientes. No te niegues la frustración, el dolor, la ansiedad o lo que sea que sientas por la despedida. Recuerda que a lo que te resistes, persiste, así que si estás hecho polvo, lo estás. Observa qué hay detrás de ese deseo de comer pan, busca alternativas saludables y recuerda lo ligero que te sientes cuando tomas cereales sin gluten, por ejemplo.
  4. Toma la decisión de elegir otra cosa. Una elección supone una renuncia, le dices que no a algo o a alguien; por eso nos cuesta tanto decidir. Nos fijamos en la pérdida, en ese “no”; pero no en la ganancia, en el sí, en lo que nos acerca más a nuestro objetivo. La clave es hacer tus elecciones porque de verdad quieres y no porque te obligas a hacerlas. Así que cada vez que te pregunten ¿puedes comer esto? Dí, “claro que puedo, y ahora no quiero comerlo. Elijo comer alimentos saludables porque merezco sentirme bien en mi piel”.
  5. Permitir que tu nueva elección ocurra de manera natural. Al principio pensarás mucho en ello pero poco a poco, si te mantienes firme en tu decisión y sigues los pasos anteriores, llegará el día en el que te alimentarás saludablemente. Quizás un día decidas de forma consciente comer un poco de ese alimento y descubras que no es para tanto… Entonces estarás en el camino de las elecciones consciente y no de las elecciones carcelarias.

Hoy has plantado la semilla para que puedas relacionarte de forma amigable con los alimentos que crees que te quitan la paz; has aprendido que la paz no te la puede quitar nada ni nadie externo porque tú eres paz, y que de ti mismo depende que esta semilla germine.

¿Hay amor en tu vida? Ahora es el momento de soltar las ataduras y de vivir en paz ¿te animas?

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