EDUCAR EN EL ASOMBRO

Los padres y los claustros de profesores de colegio y de universidad dedican cada vez más tiempo a responder a la gran pregunta: ¿qué podemos hacer para motivar a nuestros hijos, a nuestro alumnado? En casa, adquirimos el último arsenal para tenerles divertidos: juegos, consola, ordenador, iPad, móviles con internet, televisores en su habitación, DVD en el coche… En el colegio, en la universidad, todos los medios valen para divertir a la clientela estudiantil: PowerPoint, pantalla digital, iPad… aumentando el estímulo visual en sus lecciones. Es la era del espectáculo, por lo que, a veces, parece que educadores y padres pertenezcamos más al sector del entretenimiento que al de la educación. ¿Y por qué? A primera vista constatamos que el tiempo de concentración y de atención de nuestros hijos es cada vez más corto.

descarga-10Los niños pequeños tienen un sentido del asombro realmente admirable y sorprendente ante las cosas pequeñas, los detalles que forman parte de lo cotidiano. Este sentido del asombro del niño es lo que le lleva a descubrir el mundo: Es la motivación interna del niño, su estimulación temprana natural. Nosotros tan solo tenemos que acompañar al niño proporcionándole un entorno favorable para el descubrimiento. Sin embargo, cuando presentamos al niño pequeño estímulos externos de manera que estos suplantan su asombro, anulamos su capacidad de motivarse por sí mismo. Sustituir lo que mueve a la persona es anular su voluntad.

¿Cómo conseguir en cambio que un niño, y luego un adolescente, haga las cosas con ilusión, pueda estarse quieto observando con calma a su alrededor, piense antes de actuar, tenga interés por conocer lo que le rodea, esté motivado para aprender? El asombro es el deseo de conocimiento -decía Tomás de Aquino. ¡Eureka! ¡Hace falta dejar trabajar y proteger el asombro!

El asombro es una emoción de transcendencia personal, un sentimiento de admiración y de elevación frente a algo que supera a uno. Invoca la apertura y la ampliación del espíritu y una experiencia que hace que uno pare para pensar. El asombro es lo que suscita interés. ¿Y si el asombro no fuera un mero sentimiento? ¿Y si fuera, como dice Tomás de Aquino, el principio del conocimiento? ¿Y si el asombro preexistiera como algo innato a la persona? Entonces, si érase una vez tú con asombro, ¿luego qué pasó?, ¿cómo lo perdiste? ¿qué ocurrió cuando el asombro se ausentó? ¿qué puedes hacer para recuperarlo?

Si el aprendizaje del niño se inicia desde dentro y se realiza a través de la experiencia con lo que le rodea, especialmente a través de las relaciones humanas, sobre todo con su principal cuidador, ¿cuáles son las consecuencias de actuar como si el motor naciera desde fuera, estimulando al niño todo lo que se pueda? No solo está demostrado que el bombardeo externo de estímulos no hace niños más listos, sino que, en los últimos años, han empezado a surgir estudios que relacionan la sobreestimulación con problemas de aprendizaje.

La Academia Americana de Pediatría recomienda evitar que los niños vean pantallas hasta los dos años por considerar que los estudios apuntan a que se producen más efectos negativos que positivos. Las pantallas estridentes turban el único aprendizaje sostenible que existe en el niño: el de descubrir por sí mismo y a su ritmo el mundo por primera vez o de nuevo. La saturación de los sentidos que conlleva esta sobreestimulación provoca el siguiente círculo vicioso:

  1. La sobreestimulación sustituye al motor del niño y anula su sentido del asombro, de creatividad y de imaginación.
  2. Tras una fugaz sensación de euforia, el niño se apalanca, se vuelve pasivo, se aburre… Se ilusiona cada vez menos y le predispone a vivir con niveles de estímulos cada vez más altos.
  3. El niño se vuelve hiperactivo, nervioso, no está a gusto consigo mismo y quiere llamar la atención de los adultos. Necesita buscar sensaciones nuevas cada vez más intensas.
  4. Aumenta el ruido de fondo de sobreestimulación al que está acostumbrado y se vuelve a iniciar el círculo vicioso con más fuerza. El ruido continuo hace que no tenga interioridad propia, por lo que estar consigo mismo se hace insoportable y tenga que andar en busca de bullicio y sensaciones nuevas para aliviar esa sensación de vacío. Para dar marcha atrás este niño necesita reencontrarse con el silencio. De lo contrario…
  5. El niño sobreestimulado se convierte entonces en un adolescente que lo ha visto y lo ha tenido todo. La forma más directa y eficaz de matar el asombro de un niño es darle todo lo que quiere, sin ni siquiera darle la oportunidad de desearlo. La falta de límites y el consumismo frenético en los niños destruyen el asombro porque así los niños dan todo por supuesto.

Debemos aprender a educar en el asombro. Y eso, ¿cómo se hace?. El juego es la actividad por excelencia a través de la cual aprenden los niños, movidos por el asombro. Los niños pequeños son naturalmente inventivos. Algunos estudios confirman que el tiempo de juego sin demasiadas estructuras es fundamental para que el niño pueda desarrollar la capacidad de resolución de problemas, para fomentar la creatividad y desarrollar su capacidad de mantener la atención. En el juego libre, el niño busca naturalmente por sí mismo el equilibrio entre los estados de aburrimiento y ansiedad. Su deseo innato por el conocimiento hace que busque retos que se ajusten a sus capacidades, que aprenda y que se desarrolle su pensamiento creativo. Jugar no es perder el tiempo. ¿Quieres averiguar en qué situación se encentra tu hijo al respecto?

Prueba del aburrimiento.

Las vacaciones, los fines de semana, los días de fiesta son un buen momento para observar a nuestros hijos en entornos en los que no hay actividades estructuradas, ni sobreestímulos externos. Dejémoslos jugar libremente unas dos horas con sus hermanos, sin juguetes, sin colchonetas, sin cromos, sin pantallas, sin bicicleta, en espacios abiertos en la naturaleza, y observa cómo se desenvuelven. ¿Se entretienen solos, tranquilamente, imaginándose juegos, o bien se aburren y experimentan ansiedad e hiperactividad?

La naturaleza es una de las primeras ventanas de asombro del niño, y es ciertamente la ventana que puede ayudar a recuperar el sentido del asombro a quien lo haya perdido. Los niños tienen una afinidad natural hacia la naturaleza. Recientes estudios demuestran que el juego en entornos naturales reducen los síntomas del déficit de atención en algunos niños. La naturaleza permite a nuestros hijos encontrarse con la realidad en estado puro, les enseña que las cosas no son inmediatas y que lo bello y lo bueno llevan su tiempo. Esto favorece que sean personas capaces de controlar su impulsividad, fuertes, pacientes y capaces de aguantar con menos ahora para tener más después…, una cualidad que sin duda escasea hoy en día.

Si nuestros hijos superan la prueba en la naturaleza, luego podemos repetirla en una sala de espera en el dentista o en el médico… Por supuesto, en aquellas en que no haya pantalla -quedan pocas-.

Hemos echado al niño del jardín de infancia. Le hemos convertido antes de tiempo en un pequeño adulto. Hemos perdido el pudor en nuestras conductas y conversaciones en su presencia, le hemos dejado ver lo que no debe, le hemos quitado el miedo a lo espantoso, el disgusto por lo violento y le hemos transmitido una virilidad y una exigencia mal entendidas. El niño no es un adulto pequeño e inmaduro. Hasta que deje de ser niño, es y será eso: un niño.

Los padres no debemos buscar “la receta fácil de aplicar”, en primer lugar porque no debemos de creer a quienes insinúan que educar es fácil, en segundo lugar, porque no existe ninguna receta para toda la variedad de circunstancias de la vida de cada uno de nuestros hijos, y finalmente, porque hemos de huir de los modelos mecanicistas que nos distraen y nos alejan de la verdadera razón de ser de la educación: la persona.

Educar en el asombro es una filosofía de vida, es un enfoque que va más allá de los rasgos culturales y de las épocas, porque está fundamentado en la naturaleza propia del niño, a la que debemos ser sensibles y estar atentos. Educar en el asombro consiste en respetar su libertad interior, contando con el niño en el proceso educativo, respetar sus ritmos, fomentar el silencio, el juego libre, respetar las etapas de la infancia, rodear al niño de belleza, sin saturar los sentidos, cuidando de no apagar esa cualidad que consiste en la apertura hacia el misterio. Educar en el asombro es dejar que nuestros hijos acerquen la mirada hacia la cerradura de una puerta que da al mundo real.

 

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Un comentario en “EDUCAR EN EL ASOMBRO

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