LA BIOLOGÍA DE LA CREENCIA (1)

10616No son las hormonas ni los neurotransmisores producidos por los genes los que controlan nuestro cuerpo y nuestra mente; son nuestras creencias las que controlan nuestro cuerpo, nuestra mente y, por tanto, nuestra vida ¿Estás preparado para utilizar tu mente consciente para crear una vida colmada de salud, felicidad y amor sin la ayuda de la ingeniería genética y sin convertirte en un adicto a los medicamentos? ¿Estás dispuesto a escuchar una opinión distinta a la del modelo médico que considera el cuerpo como una máquina bioquímica?

No es necesario que compres nada ni que tomes parte por un partido político. Sólo tienes que dejar a un lado por un momento las creencias arcaicas que te inculcaron las instituciones científicas y los medios de comunicación para considerar la emocionante visión que ofrece la ciencia vanguardista.

La creencia de que no somos más que frágiles máquinas bioquímicas controladas por genes está dando paso a la comprensión de que somos los poderosos artífices de nuestras propias vidas y del mundo en el que vivimos. 

¿DETERMINISMO GENÉTICO O AMBIENTE?

Darwin afirmó que los rasgos individuales se transmiten de padres a hijos. Sugirió que eran los “factores hereditarios” transferidos de padres a hijos los que controlan la vida de un individuo. En la eterna controversia entre herencia y medio, el péndulo se había declinado hacia la herencia. En un principio se pensó que el ADN era el único responsable de nuestras características físicas, pero después comenzamos a creer que los genes también controlaban nuestras emociones y nuestro comportamiento. Así pues, si has nacido con un gen de la felicidad defectuoso, deberías esperar una vida infeliz.

Si estamos convencidos de que los genes controlan nuestra vida y sabemos que no podemos hacer nada por cambiar los genes que nos endilgan durante la concepción, tenemos una buena excusa para considerarnos víctimas de la herencia. “No me culpes por mis costumbres laborales… no es culpa mía que me haya pasado de la fecha límite, ¡sino de la genética!”

Pero los preciados dogmas de la biología con respecto al determinismo genético albergan importantes fallos: los genes no se pueden activar o desactivar a su antojo. En términos más científicos, los genes no son “autoemergentes”. Tiene que haber algo en el entorno que desencadene la actividad génica.

Los genes no son más que “planos “moleculares utilizados para la construcción de células, tejidos, órganos. Es el entorno el que actúa como el “contratista” que lee e interpreta esos planos genéticos y, a fin de cuentas, como el responsable último del carácter de la vida de una célula. Si las células individuales se regulan en función de su percepción del entorno, lo mismo ocurriría con los seres humanos, formados asimismo por billones de células.

Desde luego, no hay duda de que algunas enfermedades, como la corea de Huntington, la beta-talasemia y la fibrosis quística pueden ser achacadas completamente a un único gen defectuoso. Pero las alteraciones debidas a un único gen alterado afectan a menos de un dos por ciento de la población. Tan sólo un cinco por ciento de los pacientes con cáncer o enfermedades cardiovasculares pueden atribuir el origen de sus dolencias a la herencia (Willett, 2002). A pesar de que los medios de comunicación han pregonado a bombo y platillo el descubrimiento de los genes BRCAl y BRCA2, relacionados con el cáncer de mama, no han hecho hincapié en que el noventa y cinco por ciento de los cánceres de mama no se deben a la herencia genética. Los achaques de un importante número de pacientes de cáncer derivan del entorno; se deben a alteraciones epigenéticas y no a genes defectuosos.

La idea principal de La biología de la creencia podía resumirse a costa de ser simplificadora, en que la carga genética de todo ser viviente no sólo no determina las condiciones biológicas en la que se va a desarrollar, sino que ni siquiera es el factor condicionante fundamental. Lo que le condiciona como organismo vivo es su entorno físico y energético.

Los científicos jamás llegarán a comprender los misterios del universo utilizando sólo el pensamiento lineal. Debido a los prejuicios materialistas newtonianos, los investigadores convencionales han ignorado por completo el papel que juega la energía en la salud y en la enfermedad.

¿LA LEY DEL MÁS COMPETITIVO O DEL MÁS COOPERATIVO?

Tal vez te consideres un ente individual, pero como biólogo celular puedo asegurarte que en realidad eres una comunidad cooperativa de unos cincuenta billones de ciudadanos celulares. La teoría de Lamarck sugiere que la evolución se basa en una interacción cooperativa e “instructiva” entre los organismos y el entorno que permite a los seres vivos sobrevivir y evolucionar en un mundo dinámico. En las pasadas décadas nos han enseñado a declarar la guerra a los microorganismos con todos los métodos a nuestro alcance, desde los jabones antibacterianos hasta los antibióticos. Pero ese mensaje tan simplista no toma en cuenta el hecho de que hay muchas bacterias esenciales para nuestra salud. El ejemplo clásico de la ayuda que reciben los humanos de los microorganismos son las bacterias que pueblan nuestro sistema digestivo y que son fundamentales para nuestra supervivencia. Las bacterias de nuestro estómago y nuestro tracto intestinal ayudan a digerir la comida y permiten la absorción de vitaminas indispensables para la vida.

Además la distribución de los genes no es una casualidad. Es el método que emplea la naturaleza para incrementar la supervivencia de la biosfera. El recientemente reconocido intercambio de genes entre las especies disemina esas memorias y, en consecuencia, influye en la supervivencia de todos los organismos que constituyen la comunidad de la vida. Siendo conscientes de este mecanismo de transferencia de genes entre individuos de la misma y de distintas especies, los peligros de la ingeniería genética han quedado en evidencia. Por ejemplo, chapucear con los genes del tomate tal vez tenga consecuencias no sólo para ese tomate, sino para toda la biosfera, y de forma que ni siquiera podemos llegar a imaginar. Ya hay estudios que demuestran que cuando los humanos digieren alimentos modificados genéticamente, los genes creados de forma artificial se transfieren al organismo y alteran las bacterias beneficiosas que residen en el intestino. Una vez más, los resultados del gran experimento epigenética, que significa literalmente “control sobre la genética”, dicen que las influencias medioambientales, entre las que se incluyen la nutrición, el estrés y las emociones, pueden modificar esos genes sin alterar su configuración básica.

Así, dejamos atrás la evolución como acto competitivo en el que sólo los más fuertes sobreviven para entender que son los organismos con mayor capacidad de trabajar de un modo conjunto los que logran esta meta.

Utilizar las drogas recetadas para acallar los síntomas corporales nos permite desentendernos de cualquier relación que pudiéramos tener con el desencadenamiento de dichos síntomas. El uso excesivo de medicamentos nos proporciona un medio para deshacernos de la responsabilidad.

Puesto que no somos maquinas bioquímicas indefensas, el hecho de zamparnos una pastilla cada vez que nos encontramos mal física o mentalmente no es siempre la respuesta. Los fármacos y la cirugía son herramientas poderosas cuando no se utilizan en exceso, pero la idea de que los medicamentos pueden curarlo todo es, en esencia, errónea. Cada vez que se introduce un fármaco en el organismo para corregir una función A, se alteran inevitablemente las funciones B, C o D.

Es preciso que demos un paso atrás y que incorporemos los descubrimientos de la física
cuántica a la medicina con el fin de crear un nuevo sistema médico más seguro y en consonancia con las leyes de la Naturaleza.

No hay fondos para investigaciones serias que estudien la medicina basada en la energía. Lo peor  es que sin el apoyo de las investigaciones, las modalidades médicas basadas en la energía son etiquetadas oficialmente como “poco científicas”. Puesto que los humanos somos tan dependientes del lenguaje hablado y escrito, hemos descuidado nuestro sistema sensorial de comunicación basado en la energía la mente (energía) y el cuerpo (materia) están relacionados de una forma similar, aunque la medicina occidental ha tratado denodadamente de separadas durante cientos de años.

PENSAMIENTO POSITIVO

Es preciso que deje muy claro que no creo que los pensamientos positivos por sí solos logren la curación física en todos los casos. En lo que se refiere a la capacidad de procesamiento neuronal, la mente subconsciente es millones de veces más poderosa que la consciente. Si los deseos de ésta entran en conflicto con la programación del subconsciente, ¿cuál de las dos crees que ganará? Puedes repetir una y otra vez la afirmación positiva de que eres encantador o que tu cáncer remitirá. Pero si de niño escuchaste una y otra vez que no sirves para nada y que estás enfermo, esos mensajes programados en el subconsciente socavarán tus mejores esfuerzos conscientes por cambiar tu vida nuestras ideas y percepciones, sean acertadas o no, tienen su efecto en nuestro cuerpo y en nuestro comportamiento. Las facultades médicas le han restado rápidamente importancia al efecto placebo a fin de que los estudiantes utilicen las verdaderas herramientas de la medicina moderna, como los fármacos y la cirugía.

Deberían desechar la convicción de que el cuerpo y sus componentes son estúpidos y de que necesitamos una intervención externa para conservar la salud. En medicina, el efecto nocebo puede ser tan poderoso como el efecto placebo, algo que deberías tener muy en cuenta cada vez que entres en la consulta de un médico. Los terapeutas pueden enviar mensajes desesperanzadores a sus pacientes con sus palabras o sus gestos; mensajes
que, en mi opinión, son de lo más inconvenientes. Los problemáticos casos de efecto nocebo sugieren que los terapeutas, los padres y los profesores pueden robarte la esperanza haciéndote creer que no puedes hacer nada. Tus creencias actúan como los filtros de una cámara, cambiando la forma en la que ves el mundo. Y tu biología se adapta a esas creencias. Cuando reconozcamos de una vez por todas que nuestras creencias son así de poderosas, estaremos en posesión de la llave a la libertad. A pesar de que todavía no podemos cambiar la información que contienen nuestros genes, sí que podemos cambiar nuestra forma de pensar. Tus creencias se convierten en tus pensamientos, tus pensamientos se convierten en tus palabras, tus palabras se convierten en tus actos, tus actos se convierten en tus hábitos, tus hábitos se convierten en tus valores, tus valores se convierten en tu destino.

Espero de todo corazón que seas capaz de comprender cuántas de las creencias que impulsan tu vida son falsas y autolimitadas, y que te sientas motivado a cambiar dichas creencias. Puedes recuperar el control de tu vida y encaminarte hacia una existencia sana y feliz. Esta información es poderosa: no eres víctima de tus genes sino el dueño y señor de tu destino…

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3 comentarios en “LA BIOLOGÍA DE LA CREENCIA (1)

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