LA BIOLOGÍA DE LA CREENCIA (2). PATERNIDAD RESPONSABLE: LOS PADRES COMO INGENIEROS GENÉTICOS

10616Nathanielsz escribió: Cada vez son más las pruebas que demuestran que las condiciones del útero tienen tanta importancia como los genes a la hora de determinar cuál será el desarrollo mental y físico durante la vida.

Parece que tanto si están dormidos como despiertos, los estudios muestran que los nonatos perciben constantemente los actos, los pensamientos y los sentimientos de su madre. Desde el momento de la concepción, las condiciones del útero moldean el cerebro y establecen las bases de la personalidad, el temperamento emocional y la capacidad del pensamiento lógico del niño. Las madres y los padres son responsables de la concepción y del embarazo, aun cuando sea la madre quien lleva al hijo en su vientre, lo que hace el padre afecta profundamente a la madre, lo que a su vez afecta al hijo en desarrollo. Las mismas influencias epigenéticas continúan tras el nacimiento del niño, ya que los padres siguen influyendo sobre el medio en el que se desarrollan sus hijos.

Por todo esto y muchas cosas más descritas en el último capítulo de La Biología de la Creencia (libro al que ya he hecho alusiones con anterioridad) estamos obligados a reconsiderar el determinismo genético.

Miopía genética es el término que mejor describe la extendida idea actual de que nuestra salud y nuestro destino están regulados únicamente por los genes…

Cuanto más abajo se encuentre un organismo en el árbol de la evolución, menos desarrollado estará su sistema nervioso y, por tanto, más confiará en sus comportamientos automáticos (en su herencia). Para sobrevivir, los seres humanos dependemos más del aprendizaje que otras especies. Sí que tenemos, por supuesto, comportamientos instintivos innatos: piensa en el reflejo de succión del bebé. Sin embargo, a lo largo de la evolución nuestras percepciones adquiridas o aprendidas se han vuelto más poderosas, en especial porque pueden invalidar los instintos programados genéticamente.

La evolución ha dotado a nuestros cerebros de la capacidad de almacenar en la memoria un número incalculable de comportamientos y creencias.

-Entre el nacimiento y los dos años de edad, el cerebro humano opera predominantemente con las frecuencias electroencefalográficas más bajas (de 0,5 a 4 ciclos por segundo o hercios), conocidas como ondas delta. Aunque las ondas delta son las predominantes, los bebés exhiben estallidos periódicos de corta duración de frecuencias más altas. Un niño comienza a pasar más tiempo en un nivel electroencefalográfico superior caracterizado por las ondas theta (4-8 Hz) entre los dos y los seis años. Los hipnoterapeutas reducen la actividad cerebral de sus pacientes hasta las ondas delta y theta porque estas frecuencias tan bajas los dejan en un estado más sugestionable. Todas estas cuestiones nos proporciona pistas importantes sobre cómo los niños, cuyos cerebros operan a estas mismas frecuencias entre los dos y los seis años de edad, pueden almacenar la increíble cantidad de información que necesita para prosperar en su entorno.

Los entornos sociales humanos cambian tan rápidamente que no supondría ventaja alguna transmitir los comportamientos culturales mediante instintos programados genéticamente. Los niños pequeños observan con detenimiento su entorno y almacenan los conocimientos que les ofrecen sus padres en la memoria subconsciente. Como resultado, el comportamiento y las creencias de sus padres se convierten en las suyas. Los comportamientos, las creencias y las actitudes que los humanos observamos en nuestros padres se graban en nuestro cerebro con tanta firmeza como las rutas sinápticas de la mente subconsciente. Una vez que la información se almacena en el subconsciente, controla nuestra biología durante el resto de nuestra vida… a menos que descubramos una forma de volver a programarla.

Dada la precisión de este sistema de almacenamiento de conductas, imagina las consecuencias que tiene que un padre le llame a su hijo “niño estúpido”, o que le diga “no te mereces nada”, “no vales nada”, “nunca deberías haber nacido” o “eres una persona débil y enfermiza”. Cuando los padres desconsiderados o poco afectuosos transmiten estos mensajes a sus hijos pequeños, sin duda no son conscientes de que semejantes comentarios se almacenarán en la memoria subconsciente del niño como “verdades” absolutas.

Durante las primeras etapas del desarrollo, la conciencia de los niños no ha evolucionado lo suficiente como para discernir que esos comentarios de sus progenitores no son más que estallidos verbales y no necesariamente verdaderas características de su ser.

-Al hacernos mayores, nos volvemos menos susceptibles a la programación externa debido a la creciente aparición de las ondas de alta frecuencia, las ondas alfa (8-12 Hz). La actividad alfa se corresponde con estados de relajación. Mientras que la mayoría de nuestros órganos sensoriales (como los ojos, la nariz o los oídos) observan el mundo exterior, la conciencia se asemeja a un “órgano sensorial” que se comporta como un espejo que refleja el funcionamiento interno de la comunidad celular corporal; es una percepción del “yo”.

-Alrededor de los doce años, el espectro encefalográfico del niño comienza a mostrar periodos mantenidos de una frecuencia aún mayor denominada ondas beta (12-35 Hz). Los estados cerebrales beta se caracterizan por una conciencia “activa o concentrada”, el tipo de actividad cerebral que se produce cuando se lee un libro. Cuando el niño llega a la adolescencia, su mente subconsciente está llena de información que varía entre encaminarse hacia el “conocimiento” de que nunca llegará a nada en la vida o de que, si ha sido criado por unos padres cariñosos, podrá hacer cualquier cosa que desee.

El subconsciente es una base de datos carente de emociones en la que se almacenan programas y cuya función se limita únicamente a interpretar las señales medio ambientales y a activar los programas apropiados sin hacer juicios ni preguntas. Cuando se percibe un estímulo, se desencadena de forma automática una respuesta que fue aprendida cuando se detectó ese estímulo por primera vez. De hecho, la gente que se da cuenta de la naturaleza automática de estas respuestas suele admitir que es como “si le hubieran pulsado un botón”.

Si la mente subconsciente es nuestro “piloto automático”, la mente consciente es el control manual. Esta última puede intervenir, detener dicho comportamiento y crear una nueva respuesta. De esta forma, la mente consciente nos confiere libre albedrío, lo que significa que no somos sólo víctimas de nuestra programación. Para lograrlo, no obstante, hay que prestar mucha atención, ya que en caso contrario la programación subconsciente toma las riendas. Puesto que los comportamientos realizados por el subconsciente no suelen estar vigilados por la mente consciente, mucha gente se sorprende al descubrir que son “iguales” que su padre o que su madre, las personas que programaron su mente subconsciente.

Cabe también la posibilidad de que los comportamientos aprendidos y las creencias adquiridas de otras personas (de los padres, de los amigos o de los profesores, por ejemplo) no estén de acuerdo con las metas de nuestra mente consciente. El mayor obstáculo para conseguir el éxito en aquello que soñamos son las limitaciones programadas en el subconsciente. Estas limitaciones no sólo influyen en nuestro comportamiento, sino que también pueden jugar un papel fundamental en nuestra salud y nuestra fisiología.

La Naturaleza nos ha diseñado de forma que encajemos en el entorno, pero no en el entorno que estamos creando. Las angustias de la creciente población humana serán la causa que nos impulse a subir otro peldaño de la escala evolutiva. En mi opinión -dice Lipton-, comenzaremos a unirnos en una comunidad global. Los miembros de esa elevada comunidad sabrán que estamos hechos a imagen y semejanza de nuestro entorno; es decir, que somos divinos y que debemos operar no de forma que solo sobrevivan los más adaptados, sino de una forma que ayude a todos y a todo lo que forma este planeta: La supervivencia de los que más aman.

Puede que estés de acuerdo en que las palabras de Rumi sobre el poder del amor son de lo más nobles, pero quizá no creas que sirvan para los tiempos difíciles que corren, en los que la supervivencia de los más adaptados puede parecer más apropiada. ¿No estaba Darwin en lo cierto al decir que la violencia es el núcleo de la vida? ¿No es la violencia el camino que sigue el mundo natural? ¿Qué pasa con todos esos documentales que muestran cómo unos animales dan caza a otros, cómo los acechan y los asesinan? ¿Acaso los humanos no poseen una inclinación innata a la violencia?

El razonamiento lógico sería el siguiente: los animales son violentos, los humanos son animales y, por tanto, los humanos son violentos. ¡No! Los humanos no poseemos un carácter innato violento y competitivo, de la misma manera que nuestro destino no está marcado por unos genes que nos hacen enfermar o nos vuelven violentos. La mayoría de nosotros nos enzarzamos en batallas mucho menos dramáticas con nuestro subconsciente cuando tratamos de contrarrestar la programación que nos enseñaron de niños.

Somos testigos de nuestra capacidad para aceptar trabajos en los que fracasamos o para permanecer en un puesto de trabajo que odiamos porque “no nos merecemos una vida mejor”. Pero, ¿no sería mucho más fácil ser educado desde un principio, a fin de poder desarrollar todo nuestro potencial genético y creativo? ¿No sería mucho mejor convertirte en un padre responsable para que tus hijos y los hijos de tus hijos lo sean también? De esta forma, la reprogramación sería innecesaria y convertiríamos el planeta en un lugar más feliz y pacífico.

La ciencia concentra nuestra atención en el determinismo genético y no nos informa de la influencia que las creencias tienen en la vida ni lo que es más importante, de cómo influyen nuestros comportamientos y actitudes en la vida de nuestros hijos. Te estarás preguntando por qué la evolución ha derivado en un sistema de desarrollo fetal que parece tan peligroso y tan dependiente del ambiente de los progenitores. En realidad, es un sistema de lo más ingenioso que ayuda a garantizar la supervivencia de la descendencia. La importancia de la programación paternal pone en entredicho la idea de que nuestros rasgos, tanto los positivos como los negativos, están determinados únicamente por nuestros genes. Tal y como hemos visto, los genes son modulados, dirigidos y adaptados por las experiencias adquiridas en el entorno.

A todos nos han enseñado a creer que las habilidades artísticas, atléticas o intelectuales vienen determinadas en los genes. Sin embargo, sin importar lo buenos que sean los genes, si las experiencias de un individuo durante su desarrollo están plagadas de abusos, negligencias o percepciones erróneas, la consecución del potencial de sus genes no llegará a realizarse. Los genes son importantes, pero su importancia solo se revela bajo la influencia de una paternidad responsable y la abundancia de oportunidades del entorno.

Suelo terminar mis conferencias -comenta Lipton- con la advertencia de que somos personalmente responsables de todo lo que ocurre en nuestras vidas. Hay mucha gente que no puede soportar semejante responsabilidad. No deseo contribuir a cargar de culpabilidad a nadie. La experiencia que adquirimos con el paso de los años nos hace estar mejor preparados para tomar las riendas de nuestra vida. “Eres personalmente responsable de todo lo que te ocurre en la vida una vez que eres consciente de que eres personalmente responsable de todo lo que te ocurre en la vida”. No se puede ser culpable de ser mal padre a menos que se sepa todo lo que he explicado antes y se pase por alto. Una vez que conoces esta información, puedes comenzar a aplicarla para cambiar tu comportamiento. Los genes de tus hijos no reflejan su destino; es cosa tuya proporcionarles un entorno que les permita desarrollar su máximo potencial.

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