POR MI QUE NO QUEDE

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Foto: Eduardo Izquierdo Iglesias

Hay pocas cosas que me quiten el sueño. Miento. Lo cierto es que tengo un sueño ligero, emocional  y condicionado. Lo que quería decir al final, es que lo que más insomne me deja son las relaciones personales. Mejor dicho, las interpretaciones, las películas que genera mi mente (y lo digo ahora como un observador en la distancia), para dar respuesta a las preguntas de las que solo obtengo mi propio eco de vuelta. Los dimes y diretes. La indiferencia. El sálvese quien pueda. Esa es la verdad.  Miro el reloj. Las trece y cuarenta y dos. Si salgo ahora seguro que la pillo -me digo en voz alta- ¿Voy?  y me incorporo apoyando las manos en los brazos del sillón como para tomar el impulso que me anime a erguirme por completo.  ¿Voy? Vuelvo a mirar el reloj.

Salgo volando. Quizás no llegue. Si no llego puede que vuelva a tardar diez años en volverlo a intentar. O puede que nunca lo haga. Acelero.

A veces no sé calcular el tiempo. Cuándo ha pasado el necesario para dejar espacio, ¡que corra el aire!; y, sin embargo, no sea tan suficiente como para no atreverme ya a irrumpir en tu vida. Que haya pasado tanto tiempo que murmure “y ahora con qué cara voy… si no lo hice antes…”

Sinceramente, prefiero pecar de esto último. Dejar tanto espacio que se abran abismos. Que yo te quede lejos. Eso no me da miedo. Es esta costumbre tan mía de andar haciendo equilibrios en los precipicios que a veces se forman entre nosotros. Ya pueden haber pasado diez años como entonces o volverme invisible como ahora, que siempre tengo un buen argumento: “Si estoy pensando en ti, si he tenido este impulso de salir a buscarte, es que no es tarde”. Independientemente de lo que suceda. Me vinculo con la acción y me desvinculo del resultado.

No tengo nada que perder. Ni honra, ni orgullo. No hay brazos a torcer, ni rebajas. ¡Qué expresión tan curiosa ésta de rebajarse cuando se trata de personas! ¿Qué tendrá que ver  rebajarse con mostrarte interés y afecto? Sí, ya lo he dicho. ¿Y qué? Por mi que no quede.

No te voy a engañar. Busco señales. Barajo posibilidades. Me entretengo en inventar conversaciones, gestos, miradas. Regateo con el universo.  Negocio. Miro de reojo el reloj: Las catorce y seis. Lo que tenga que ser será. De hecho, ya está siendo.

Demasiada gente. Un hombre observa desde el asiento del conductor con la ventanilla bajada, como si esperase el inicio de una función que está a punto de comenzar. Entro en escena. Aparco en la parte de atrás intentando no llamar la atención. Necesito una perspectiva amplia. Ver sin ser vista. Vulnerable sí. Kamikaze no, perdona. Las cosas como son.

Tu coche no está, no al menos uno que yo pueda identificar. Seguramente lo hayas cambiado -me digo para mis adentros-. No importa, apuesto a que igualmente podría reconocerlo entre un millón. Me planto mis gafas de sol y salgo al mundo. Selecciono los vehículos más nuevos del aparcamiento y me paseo, como el que no quiere la cosa, por delante de sus lunas. Nada. Ni rastro de ti.

Puede que hoy no sea mi día de suerte, o puede que ésta sea precisamente la buena suerte que hoy tiene la vida reservada para mí. No lo sé, ¿quién soy yo para juzgarlo? Si ni siquiera creo en la suerte. Suerte solo es la forma de explicar algo que no tiene explicación.

Yo confío en la vida. Llámalo x. En la certeza de que “todo es para bien”. Así me lo repito una y otra vez, como una lengua de saliva aséptica que lame mis heridas. Que no es lo mismo que quedarse esperando en mitad del camino, conformarse, o tomar esa falsa actitud de “todo me resbala, a mi nada me afecta”, o la del todo vale y a tomárselo con resignación. No. Nada que ver. La vida exige ser proactivo y responsable.

Haciendo otro acto de fe, me dejo guiar por mis pies. Se dirigen hacia una calle perpendicular que me resulta conocida. El hombre que observaba desde su coche, se ha bajado y ahora trastea en el maletero. Le doy la espalda y al volver la esquina siento que pierdo perspectiva y seguridad a partes iguales.

Una multitud de personas se arremolinan frente a una puerta cual enjambre de abejas. Allí estás. A tus pies un paso de cebra te hace las de alfombra roja. Me detengo. Levantas la vista del móvil y miras a un lado y otro de la calle. Me has mirado y no me has visto. Otra vez este maldito complejo de fantasma.

“Esta es la mía” -pienso-. Y todos los porqués sin respuesta se abalanzan sobre mi espalda esperando saciar su curiosidad. Mantengo la calma y el orden ¡Por favor, de uno en uno! ¡Reproches, quejas y sermones, abstenerse! Desapareces de mi campo de visión y echo a correr.

Te alcanzo. Te nombro. Te giras.

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