LA REPRESIÓN DEL DESEO MATERNO Y LA GENÉSIS DEL ESTADO DE SUMISIÓN INCONSCIENTE (1): EL CRIMEN DE LA MADRE

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El deseo materno es una pulsión sexual y forma parte de la sexualidad humana. Pero en ciertos campos, como el de la psicología, la sexología, la obstetricia, etc., se está eliminando la dimensión libidinal del cuerpo humano, desvinculando la fisiología de la líbido, y dejando la sexualidad reducida a la genitalidad. Así, se empezaron también a desarrollar las técnicas de sublimación del deseo, que proponen ‘alfabetizarnos’ emocionalmente para nuestra mejor adaptación a las relaciones generales de dominación (y al orden sexual falocrático que las sustenta). Hoy, a la sublimación se la llama ‘educación emocional’.

Este libro de Casilda Rodrigañez está muy documentado para quienes tengan el deseo de investigar. Trata de cómo hemos aprendido a tener miedo los unos de los otros y también es un libro esperanzador porque simplemente nos devuelve la confianza en nosotros/as mismos/as, como seres humanos creadores, unos seres en realidad, genuinamente sociables. Además aporta elementos para intentar recuperar esa capacidad de “entre-amarse”, afirmando que todo empieza en la relación con la madre.

EL ÚTERO Y LA SEXUALIDAD FEMENINA

Cuando en el siglo pasado empezó el reconocimiento de una sexualidad específica femenina no se tuvo en cuenta el útero como fuente de placer y todavía hoy sólo se habla de la vagina y, cómo no, del clítoris, del orgasmo vaginal y del orgasmo clitoridiano, aunque sepamos que las fibras musculares uterinas sean un elemento esencial del orgasmo femenino. Eso sí, ya no se dice que el útero es la histeria; ahora el útero es una cuestión sanitaria, pues han conseguido que el útero y todas las funciones sexuales de la mujer vinculadas al útero no tengan nada que ver con la sexualidad de la mujer, sino con su salud.

El parto es un acto sexual en el que toman parte una pareja de seres: la excitación sexual de la mujer, inducida por el feto que ha llegado a término (si no estuviese bloqueada por el miedo y la cultura milenaria que pesa sobre ella) produciría la relajación, el abandono al deseo y los flujos maternos necesarios para que el parto y el nacimiento fuera un acontecimiento gozoso y placentero para ella y para la criatura; y también para que las criaturas, una vez fuera del útero materno, encontrasen un regazo, un vientre y unos pechos palpitantes de deseo dispuestos a satisfacer los propios anhelos de calor, de contacto físico, de nutrición, higiene y protección.

En un parto sin excitación sexual de la madre, la oxitocina que se inyecta en vena, a diferencia de la que se segrega de forma natural, llega en tromba a un útero rígido produciéndole espasmos musculares y calambres sumamente dolorosos. Precisamente la rigidez uterina y la dificultad de los partos es lo que permite y justifica que la medicina (y el Poder) meta las narices en el parto y en las funciones íntimas, sexuales, materno-infantiles. No cabe duda que el parto es una función sexual complicada, al menos en las actuales condiciones, y que entraña un riesgo y, por otra parte, que las técnicas médicas actuales podrían ser un aliado de la mujer: claro que querríamos una medicina humanitaria.

Convertido el parto en una intervención quirúrgica es fácil a continuación separar a la criatura de su madre. Se impide que las funciones reproductoras se realicen movidas por el deseo y la pasión y con la gratificación del placer; se consigue que las madres sean insensibles a los deseos, a las necesidades y a los sufrimientos de las criaturas, al menos en la medida suficiente para reprimirlas y domesticarlas según la ley patriarcal. (La conexión entre la represión de las mujeres y la rigidez uterina está explícitamente establecida en el libro del “Génesis”, que recoge la versión judeo-cristiana del origen de las prohibiciones: parirás con dolor y el hombre te dominará)

La situación actual de la maternidad es la de la sardina que se muerde la cola, porque las madres que hacemos la maternidad sin líbido, hacemos criaturas sin líbido, y las niñas crecen sin desarrollar su sexualidad y se hacen mujeres con el útero rígido y espástico, y entonces vuelven a realizar la función reproductiva con los cuerpos robotizados, con dolor y esfuerzo en lugar de con gozo y bienestar, en la asepsia libidinal. En ningún caso interesa que se indague en las rigideces uterinas y en el por qué los partos ahora son dolorosos cuando hubo un tiempo en que no lo fueron, etc. etc.

La antropología ha rastreado la evolución de los hábitos posturales; de cómo hemos dejado de sentarnos en cuclillas y en taburetes bajos, para sentarnos en sillas, dobladas en tres, sin balancear la pelvis y en cambio forzando la columna. Todo esto no es nada anecdótico; por el contrario, es significativo e indicativo de una sexualidad prohibida. Los hogares se transforman, y en lugar de vivir a ras de la tierra, sillas, mesas, camas, cocinas, todo se eleva para no tener que agacharse y mover la pelvis, y al tiempo que nos despegamos de la Tierra nos ‘despegamos’ de nuestros propios cuerpos. Una mujer que desde niña ha sentido el placer y el impulso de su vientre, bailando y nadando como los delfines, y se ha pasado sus días y sus tareas agachándose en cuclillas y levantándose, cuando tenga que parir lo hará con mucha facilidad.

LA FALTA BÁSICA Y LA CONSTITUCIÓN DEL EDIPO

El reconocimiento de que la sexualidad primaria es una sexualidad maternal, cóncava y no falocéntrica, no habría permitido una interpretación del mito de Edipo en los términos del Complejo de Edipo; Pero al producirse el parto de manera violenta y a continuación negar a la criatura recién nacida el cuerpo materno, al prohibir el acoplamiento de flujos y deseos, se produce en los pequeños seres humanos la primera y más imperdonable carencia.

En el inconsciente quedará de por vida el deseo primario reprimido (refoulado) del cuerpo materno, que, desde luego, nada tiene que ver con el deseo adulto de realizar el coito, por mucho que en ello se haya empeñado el psicoanálisis. Así se sigue ocultando el verdadero sentido del deseo materno, manteniendo como centro de toda sexualidad el falo y el coito, de manera tal que los deseos de las criaturas se entiendan como deseos de realizar el coito con la madre y de quitarle el sitio al padre, incluso antes de que la criatura se entere de que existe el padre, el falo y el coito y unos doce o trece años antes de llegar a la pubertad. La tragedia de Edipo es la tragedia de la madre que abandona al hijo recién nacido, no la del hijo que quiere matar a su padre para acostarse con su madre.

Así pues, el efecto de la ocultación se logra con la siguiente operación que va implícita en el Edipo: primero se sustituye la madre entrañable por una madre patriarcal, falocéntrica, (el Crimen de la Madre, es la base del sistema y una parte del Secreto de la Humanidad) que pare con el útero rígido y sin deseo, que reprime su propia sexualidad maternal y los deseos de la criatura; entonces se constata el efecto resultante de esta represión: la herida, la carencia y todo lo que de ella se deriva.

Lo que sustenta el matrimonio, es decir, la pareja sexual socialmente admitida, no es el deseo, sino el miedo a la carencia engendrado por la frustración del amor primario. Como no somos conscientes de la falta infligida, no sabemos nada del origen del miedo ni por qué ni de qué tenemos miedo; es más, ni siquiera muchas veces nos damos cuenta de que tenemos miedo; No sabemos lo que nos falta, ni nos reconocemos como seres emocionalmente mutilados que no han tenido madre; aprendimos a inhibir la pulsión del deseo y la emoción correspondiente; entonces nos creemos a pies juntillas que lo que nos hace falta, que lo que esa emoción está pidiendo es un buen marido o una buena esposa tal y como ordenan los cánones. Así es como intentamos calmar la herida primaria en la dependencia conyugal.

Hoy en día podría parecernos que el matrimonio ha perdido su áurea mítica, que ya la gente no se casa sistemáticamente, que una pareja puede decidir el casarse o el no casarse, que esto es ya casi el amor libre… Pero lo que ha cambiado es que el áurea mítica ahora la tiene la pareja en lugar del matrimonio, lo cual indica que la interiorización de la represión de los deseos es más fuerte que antes.

La exclusividad de los deseos, tanto en la calidad como en la cantidad, no son en absoluto inherentes a la condición humana. Son inherentes a una ley y también, modernamente, inherentes al invento del Complejo de Edipo. Edipo de hecho mide nuestro grado de sumisión al orden sentimental y social establecidos, nuestro grado de domesticación y adaptación psíquica al sistema. Otra cosa es que necesitamos poseer y sentirnos poseídos, y fijar en un contrato sujeto a ley tal compromiso de posesión, y que nada menos que un Estado y sendas instituciones familiares guarden y respalden el contrato, para tener una seguridad de no ser abandonados/as. Para no destapar la herida primaria.

No nos podemos imaginar cuán miserable es nuestra actual condición humana y todo lo que nos perdemos. Lo que podrían ser, no sólo el amor, la pasión y el deseo, sino también la amistad, la fraternidad y la solidaridad… si dejasen que la vida fuera la expansión creciente de deseos saciados en lugar de una espiral de carencia, miedo y sumisión. La posesión quita el miedo consciente -aunque nunca podrá hacer desaparecer el miedo inconsciente primario: esta es nuestra tragedia.

PRINCIPIO DE AUTORIDAD

Si el conflicto edípico se crea al abandonar la madre a la criatura (Falta Básica), la ‘superación’ del conflicto y la adaptación al sistema social se logra por la sublimación de la frustración que garantiza la asepsia de los deseos y la sumisión a la autoridad.

La sumisión es aceptar que lo que deseamos no cuenta y que lo que cuenta es lo que manda la autoridad. Ahora bien, ¿cómo es que las criaturas llenas de vida aceptan la represión y caen en el estado de sumisión? ¿cómo es que no se rebelan? ¿no son inteligentes? ¿no se dan cuenta de lo que sucede? ¿no rebosan vitalidad? Hay dos mecánicas de funcionamiento, mutuamente entrelazadas y en equilibrio dinámico y compensatorio, de manera que cuando una no funciona bien, la otra pone sus motores a mayor potencia.

La mecánica simple es hacer funcionar el sistema -y cada sujeto- por la fuerza exterior, por la violencia represiva. En sus orígenes, la sociedad patriarcal, sin duda, se puso en marcha de la forma más simple, por la represión exterior directa: al hijo que no obedece se le mata (Biblia) o se le corta una mano (Código Hammurabi), se lapidan…

La otra, la elaborada, es la manipulación de los inconscientes, la edipización de la que venimos hablando, la sublimación de la represión que consiste en creer que nos reprimen por nuestro bien: porque nuestros deseos carecen de importancia, porque no conducen a nada bueno, o, simplemente, porque son en sí mismos algo malo. Así llegamos al punto en el que de hecho nuestros deseos no cuentan para nada (entonces  lloramos y cogemos pataletas), y luego al estado en el que ni siquiera los percibimos ni percibimos su represión (cuando dejamos de llorar y llegamos al uso de la razón patriarcal). Esta es la mecánica que hace que la sumisión funcione inconscientemente.

En primer lugar se trata, como ya hemos dicho, no sólo de que la criatura humana ‘obedezca’, ‘no agreda’, ‘respete’ y ‘honre’ a sus padres, sino que les ‘ame’ (ver al respecto la evolución en los catecismos de la formulación del Cuarto Mandamiento), que acepte la represión como un bien propio y que sublime sus deseos y los transforme en ‘amor filial’, es decir en un sentimiento espiritual ajeno al deseo. Pues si el amor filial no resiste y se quiebra ante malos tratos demasiado evidentes o excesivos, la sumisión por lo menos interior se quebraría y se produciría la inadecuación, la rebelión y la consiguiente amenaza al orden. Si los hijos/as dejan de querer a los padres, se rompe el sistema, el mecanismo de reproducción de las generaciones sumisas.

El Cuarto Mandamiento no es ‘honrar’ o ‘amar’ a los padres sino perdonarles y obedecerles, es decir, consentir a los procesos edípicos de olvido, sublimación y sumisión a los padres. Lo prohibido es cuestionar a los padres, cuestionar el principio de autoridad.¿Quién y por qué decide que el incesto es malo, o quién y por qué decide que yo no puedo mandar a la mierda a mis padres? El miedo es un factor que bloquea la inteligencia; pero luego, para reforzar el bloqueo, vienen lo sagrado, el tabú, el mito y la religión recubriendo pudorosamente a la conciencia moral. Para que si nos acercamos demasiado a ellos se nos pongan los pelos de punta de horror y nos demos media vuelta y apliquemos nuestras neuronas en otros pensamientos, y que los primeros deseos reprimidos queden reprimidos para siempre.

Fuimos condenadas a parir sin deseo, sin sentimientos, sin sentir la vida y el placer en nuestras entrañas. Porque de otro modo nunca hubieran conseguido que infligiéramos el daño que infligimos a las criaturas. Como leonas o lobas defenderíamos a nuestras crías contra el patriarcado; nos dejaríamos matar mil veces antes que consentir que nadie hiciese llorar de desesperación a un recién nacido o antes de permitir que lo arrancasen de nuestro pecho y nuestro regazo. No podríamos soportar esa frustración ni controlar la fuerza de la pasión materna.

La criatura humana, en lugar de moverse impulsada por los deseos, se mueve para colmar la necesidad que se le ha producido, pues la carencia, la herida infligida nos duele tanto que para obtener unas pequeñas dosis de atención y cariño, estamos dispuestas a olvidarlo todo y enviarlo al inconsciente (refouler); estamos dispuestos a ser buenos, a resignarnos, a obedecer.

Nos va a costar mucho recuperar nuestra potencia sexual, el reconocimiento social del sexo femenino en toda su integridad, el desarrollo de la sexualidad desde niñas, el propio reconocimiento por parte de la mujer de su sexo -que supondría el restablecimiento de la unidad psicosomática entre la conciencia y el útero; transformar la maternidad de violación en placer, de acto de obediencia en acto de rebeldía, de instrumento para la explotación de la vida en creación de la vida, pero el asunto merece la pena, por muy duro que sea. No es imposible, si nos damos cuenta del asunto, podemos aferrarnos a la vida y empezar a dar pasos fuera de la ley. No hay que enfrentarse al Ejército ni al Estado: hay que enfrentarse a la familia (lo cual requiere mucha más dosis de rebeldía), destruir el Edipo, vivir en clanes, amar y proteger a las criaturas y respetar sus deseos. Se trata nada menos que dejar de parir esclavos y siervos sumisos al Estado y al Capital, y empezar a parir criaturas humanas que puedan expandir el ‘yo’ primario que sólo desea dar y recibir amor y bienestar. Y también, el amor a la madre como medio de recuperar la conciencia femenina que no existe en la cultura patriarcal, y que puede ponernos en camino también de recuperar la sexualidad femenina destruida.

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