QUÉ NOS SUCEDIÓ CUANDO ÉRAMOS NIÑOS Y QUÉ HICIMOS CON ELLO

QueNosPasoCuandoFuimos.jpgLas criaturas humanas precisamos durante toda nuestra infancia y adolescencia ser amadas por nuestra madre a través de sus cuidados amorosos hasta que estemos en condiciones de valernos por nosotros mismos. Aunque nuestra civilización proponga todo lo contrario. Aunque la mayoría de nuestras madres, a pesar de haber tenido buenas intenciones, no hayan sabido cuidarnos, no hayan podido protegernos, no hayan vibrado el unísono con nuestras percepciones, no hayan sentido nuestros obstáculos, no hayan acompañado el despliegue de nuestro ser esencial. ¿Por qué? Porque a su vez, ellas mismas fueron alejadas de su propia interioridad. Porque todos los adultos somos en mayor o menor medida niños lastimados.

Todas las madres y los padres aseguramos que queremos darles a nuestros hijos lo mejor, pero frente a la demanda real y concreta del niño, sencillamente no podemos porque estamos aun hambrientos de cariño, amparo y protección. Y si no lo reconocemos, reaccionamos automáticamente quemados por el dolor. ¿Tenemos la culpa? No ¿Somos responsables? Sí.

Desde que nacemos, nunca nadie se puso en nuestra piel, nadie sintió nuestro abandono, nadie se nos acercó en la escuela ni en el vecindario para preguntarnos qué nos gustaría hacer. Nadie nos calmó en medio de un berrinche desesperado, más bien al contrario, todos los adultos se apoyaron entre sí acusándonos de malcriados. Y nosotros, aún niños, hemos resistido a base de gritos y golpes.

LA FUSIÓN EMOCIONAL ES COMO COMPARTIR UN TANQUE DE AGUA

La fusión emocional es como un tanque repleto de agua. Las madres y los niños pertenecemos al mismo estanque. Si la temperatura está a cuarenta grados y ambos estamos sumergidos, es imposible que no sintamos el calor.  estamos flotando en la misma temperatura. Ahora bien, si las madres, asustadas por la intensidad emocional que demanda el niño, nos vamos del tranque, nos escapamos, nos alejamos y nos perdemos en otras estancias más favorables… cuando el niño nos avisa de que el agua está caliente, acostumbraremos a responder con liviandad que no, que eso no es verdad. que no está caliente. Incluso que está helada. Total, no la estamos sintiendo, por lo tanto, podemos argumentar lo que queramos.

Luego, a medida que el niño se queje más y más por la temperatura del agua y obtenga las mismas respuestas incrédulas por parte de la madre, la criatura va a llorar, va a querer escapar, se va a portar mal o adoptará conductas extrañas con tal de que la madre regrese y toque el agua. Sin embargo, algo tan sencillo nunca sucederá. Las madres no regresamos. No tocamos el agua. Seguimos sosteniendo estoicamente que el agua está fría. El niño se desespera más.

Claro que no presta atención en la escuela. ¿Acaso es importante la geometría frente al desastre de estar quemándose y que a nuestra madre no le importe? Tampoco le interesa prestar atención a las explicaciones de la maestra. ¿Acaso las madres prestamos atención a lo que él nos dice? El niño se porta cada vez peor, por lo tanto, será derivado a un psicopedagogo que lo derivará a un médico, que lo derivará a un neurólogo, y en breve el niño estará medicado. ¿De verdad es así? No, es todavía peor.

La cuestión es que tenemos un ejército de niños medicados. Basta preguntar el porcentaje de niños que toman medicación para aquietarse en cualquier escuela de cualquier estrato social. La banalización de la medicación es otro desastre ecológico. Una vez que el niño está calmado a fuerza de medicación, ya no va a avisar cuando el agua esté demasiado caliente. A lo sumo se lastimará y punto. O aprenderá a vivir en el calor extremo. O preferirá dormir para no sufrir. O reaccionará “desmedidamente” cuando, por error, en algún instante la medicación no lo tenga tan domado. Entonces tendremos excusas suficientes para mantenerlo más drogado.

La mayoría de las peticiones para que los niños se calmen provienen de las escuelas. Es lógico, pues se supone que en la escuela los niños tienen que aprender lo que los maestros pretenden enseñar.

Para que eso sea posible se requiere una mínima concentración mental en los niños. Resulta que si emocionalmente están desesperados, la mente no se puede aquietar. Y como es un círculo vicioso, nadie se pregunta qué les pasa a esos niños, sino que simplemente precisamos que estén en silencio y con la atención puesta en lo que se les enseñar. Los maestros pedimos soluciones a los padres, los padres pedimos soluciones a los médicos, los médicos diagnosticamos algún síndrome de los muchos que tenemos a mano, y así resolvemos el problema. Niños medicados, adultos calmados. Nadie se cuestiona qué necesita ese niño en particular. Las madres no precisamos preguntarnos qué nos ha acontecido siendo niñas para comprender por qué no podemos siquiera acercarnos al tanque de agua caliente desde donde nuestro hijo nos reclama.

Es muy fácil convertir a cualquier criatura sensible en loca apenas roza la adolescencia y tiene fuerza vital suficiente para gritar aquello que fue acallado cuando era niño. Si nuestra madre, que es la única persona en el mundo en quien necesitábamos confiar y de quien precisábamos beber la sustancia nutricia, ha sido nuestra principal depredadora, las psíque no lo puede tolerar. Por eso la psíque se desordena. Se desequilibra. Enloquece.

Las personas locas simplemente no han tolerado los niveles desalmados de violencia y han intentado hacérselo saber a los demás, hasta que las hemos acallado para siempre. Las hemos mantenido continuamente drogadas ya que conservan latente el registro del desamor y esa desesperación podría estallar que cualquier descuido.

¿Qué pasará en el futuro con estos niños que toman medicación desde temprana edad para calmarse? Es pronto para saberlo porque el aumento en el consumo ha sido piramidal estos últimos años. Sin embargo, podemos pronosticar mayor desconocimiento de nosotros mismos, menor conexión con las realidades emocionales y menor entrenamiento para formularnos preguntas personales frente a las dificultades cotidianas. No sabemos como irán multiplicándose los diagnósticos en el futuro frente a nuevas manifestaciones, pero en todo caso el panorama no cambia. Alguna vez tendremos que levantar los velos y empezar por el inicio de la vida de cada uno de nosotros revisando el nivel de violencia y maltrato por parte de nuestras madres.

Un dolor bien comprendido puede ser una guía interesante para el autodescubrimiento personal. En cambio, el mismo dolor anestesiado no nos lleva a ninguna parte. La locura no existe. Es apenas un ascenso a una realidad paralela para salvarnos de tanta violencia y maldad. Por eso el problema no es que las personas regresemos a la cordura, sino que cese la crueldad.

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5 comentarios en “QUÉ NOS SUCEDIÓ CUANDO ÉRAMOS NIÑOS Y QUÉ HICIMOS CON ELLO

  1. He tenido la oportunidad de lamentarme profundamente por mi historia infantil. Mamá murió a mis 8, nos mudamos y perdí todo mi entorno, estuve internada en un colegio donde no se nos permitía la palabra, etc., etc.
    A todo ello adjudiqué mi endeble autoestima, mis inseguridades, mis corazas… Con el tiempo y también con mi propio camino de reconexión espiritual, resignifiqué todo ello. Esa historia es la que hoy le da sentido a mi vida. Todo eso fue lo que me preparó para cumplir mi esencia. No podría ser de otra manera. Así pude abrazar a mi niña y felicitarla por la fortaleza, la inteligencia, la integridad … Pude abrazar mi historia, darle sentido, ponerla en valor. Entendí que si miraba desde la perspectiva lastimera sobre lo que no había tenido, las tristezas, los dolores y no ponía en la otra mitad del vaso las aptitudes que me permitieron trascender y capitalizar esas experiencias, nada tendría sentido y no estaría realmente conociéndome ni llevando a cabo lo que hace a mi esencia. Les comento esto, pues podría resonarle a otros… si bien es una apretadísima síntesis de mi proceso.
    Gracias por todo el material. Es de muchísima ayuda.

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  2. Pingback: SER PADRES CONSCIENTES | biblioterapeuta

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