DISCIPLINA SIN LÁGRIMAS

ZEB-B0704523Antes de leer este libro: una pregunta. ¿Estás dispuesto al menos a considerar un enfoque distinto de la disciplina? ¿Aceptarás un punto de vista orientado a alcanzar tu objetivo inmediato —lograr que tus hijos hagan lo correcto en el momento adecuado—, amén de tu objetivo más a largo plazo —ayudarles a ser buenas personas, felices, prósperos, amables, responsables e incluso autodisciplinados? En ese caso, este libro es para ti.

NO ESTÁS SOLO

Si no sabes cómo actuar para que tus hijos discutan menos o hablen de forma más respetuosa…, si no sabes cómo impedir que tu niño pequeño trepe a la litera de arriba, o cómo conseguir que se vista antes de ir a abrir la puerta…, si estás harto de tener que usar una y otra vez la misma frase (“¡Corre! ¡Que llegas tarde a clase!”) o de librar otra batalla por la hora de acostarse, o por los deberes, o por ver demasiado la tele…, si has experimentado alguna de estas frustraciones, no estás solo. Los padres están cansados de chillar tanto, de ver malhumorados a sus hijos, de que estos sigan portándose mal. Saben qué clase de disciplina no quieren utilizar, pero no saben qué alternativa elegir.

Para muchas personas, se trata del único objetivo: conseguir la cooperación inmediata. Quieren que sus hijos dejen de hacer algo que no deben hacer y empiecen a hacer algo que sí han de hacer. Mientras que conseguir cooperación es un objetivo a corto plazo, el segundo propósito tiene más largo alcance. Se centra en instruir a los niños con el fin de que desarrollen destrezas y la capacidad para dejar manejar con flexibilidad situaciones exigentes, frustraciones y tormentas emocionales que pueden hacerles perder el control. Se trata de habilidades internas que se pueden generalizar más allá de la conducta inmediata para usarlas no solo en el presente, sino también después, en muchas situaciones.

¿Cuál es, pues, el mejor método? Este es el fundamento del enfoque de la Disciplina sin Lágrimas, que se reduce a una frase simple: conectar y redirigir.

CONECTAR Y REDIRIGIR

El primer paso de la disciplina efectiva consiste en conectar con nuestros hijos desde el punto de vista emocional. “Conexión” significa que damos a nuestros hijos atención, que los respetamos lo suficiente para escucharles y que les transmitimos apoyo, nos guste o no su manera de comportarse. Cuando notan nuestro amor y nuestra aceptación, cuando “se sienten sentidos” por nosotros, incluso sabiendo que no nos gustan sus acciones (o a ellos no les gustan las nuestras), pueden empezar a recuperar el control y permitir que su cerebro superior vuelva a implicarse. La explicación es que cuando notamos el contacto de alguien de una manera estimulante y afectuosa, se liberan en el cerebro y el cuerpo hormonas de la felicidad (como la oxitocina), y disminuyen los niveles de cortisol, la hormona del estrés.

Recuerda la última vez que te sentiste realmente triste, enojado o alterado. ¿Qué habría pasado si un ser querido te hubiera dicho: “No te pongas así”, o “No hay para tanto” ? ¿Y si te hubieran dicho: “Quédate ahí solo hasta que te calmes y estés dispuesto a ser agradable y estar alegre”? Habrían sido respuestas lamentables, ¿verdad? Pues son las que damos a nuestros hijos una y otra vez.

Piensa en la típica postura de tu cuerpo cuando les impones disciplina. Una de las formas más rápidas para transmitir seguridad y ausencia de amenaza es colocándose por debajo de dicho nivel de los ojos y poniendo el cuerpo en una posición relajada que comunique calma. Aunque nuestras palabras expresen interés en lo que está diciendo el niño, los factores no verbales pueden delatarnos de muchas formas. Y si nuestros mensajes verbales y no verbales se contradicen entre sí, el niño creerá los no verbales

Así, la conexión ofrece la ventaja a corto plazo de llevar a los niños de la reactividad a la receptividad, y la ventaja a largo plazo de construir el cerebro. La tercera ventaja que queremos poner de relieve es de carácter relacional: la conexión intensifica el vínculo entre tú y tu hijo. Enseña a los niños lo que significa estar en una relación y amar, incluso cuando no estamos contentos con las decisiones que ha tomado la persona a la que amamos. Proporciona al niño un vocabulario emocional y una inteligencia emocional, para así poder reconocer y nombrar lo que está sintiendo; esto le ayudará a comprender sus emociones y comenzar a recuperar el control de sí mismo de modo que así se produzca la redirección.

La clave es la “Flexibilidad de respuesta”. Significa que procuras decidir cómo quieres responder ante cada situación que se plantee, en lugar de reaccionar sin más ante la misma. El piloto automático puede ser una gran herramienta cuando pilotas un avión, sin embargo, cuando se trata de imponer disciplina a los niños, no es tan buena idea poner el piloto preprogramado. En lugar de ser reactivos, con los niños hemos de ser receptivos, implica contemplar las consecuencias externas a corto plazo de las estructuras y los límites conductuales, y las consecuencias internas a largo plazo de la enseñanza de destrezas vitales. ¿Qué quieres conseguir realmente cuando tu hijo se porta mal?

Antes de responder ante el mal comportamiento, dedica unos instantes a formularte tres preguntas sencillas:

1. ¿Por qué mi hijo ha actuado así? Buscar el porqué no significa que forzosamente debamos preguntar a los niños “¿Por qué has hecho esto?” a veces los niños, sobre todo los más pequeños, no saben por qué están alterados o por qué han hecho tal o cual cosa. En realidad, el cerebro superior no estará plenamente formado hasta que la persona llegue más o menos a los veinticinco años. Todo esto implica que, aunque nos gustaría que nuestros hijos se portasen de forma coherente, como si estuvieran plenamente desarrollados y fueran adultos conscientes, provistos de lógica fiable, equilibrio emocional y moralidad, todavía no pueden hacerlo —o al menos no todo el tiempo— porque son demasiado jóvenes. Entonces, ¿tenemos aquí una excusa para la mala conducta? ¿Se trata tan solo de hacer la vista gorda cuando los niños se portan mal? No, claro que no. En realidad, el cerebro en desarrollo del niño es simplemente otra razón por la que hemos de fijar límites claros y ayudarle a comprender lo que es aceptable.

A veces no aparecen señales claras antes de que los niños tomen malas decisiones y se comporten de forma inapropiada. Pero, otras veces, podemos interpretar las pistas que nos dan y dar pasos proactivos para adelantarnos a los acontecimientos disciplinarios. Esto podría significar dar un aviso de cinco minutos antes de salir del parque, o imponer una hora de acostarse sistemática para que al día siguiente los niños no estén demasiado cansados y gruñones. O hazte esta pregunta: “¿Está Enfadado, Hambriento, Rabioso, Aislado, Agotado?”.

2. ¿Qué lección quiero enseñar en este momento? y 3. ¿Cuál es el mejor modo de enseñar esta lección? De acuerdo, no siempre tienes tiempo de considerar detenidamente las tres preguntas. Suena muy poco realista pensar que serás consciente de ello en pleno acaloramiento, para aplicar la conexión afectuosa y sentarte con el niño y hablarle o consolarle.

Enseñar a los niños a hacer una pausa y tomarse cierto tiempo para reflexionar es esencial para desarrollar funciones ejecutivas que reduzcan la impulsividad y aprovechen la capacidad de la atención concentrada. Una estrategia proactiva que puede ser eficaz es ayudar al niño a crear una “zona de calma” con juguetes, cuentos o algún peluche favorito, que visita cuando necesita tiempo y espacio para sosegarse. No tiene nada que ver con castigos ni con que el niño pague por sus errores, sino con ofrecer una opción y un sitio que le ayuden a autorregularse o regularse a la baja, lo cual supone disminuir la sobrecarga emocional. Pero…

¿Conectar con un niño frenético no es en definitiva prestarle atención? ¿No refuerza esto la conducta negativa? Queremos que nuestros hijos esperen que sus necesidades serán comprendidas y satisfechas en consecuencia. Pero no queremos que esperen que se cumplirán siempre sus deseos y caprichos. Conectar cuando un niño está alterado o descontrolado tiene que ver con satisfacer sus necesidades, no con darle lo que quiere.

No obstante, “conexión” no equivale a “permisividad”. Amar a nuestros hijos y darles lo que necesitan significa, en parte, proponerles límites claros y coherentes, que establezcan estructuras previsibles en su vida. En realidad, la ausencia de límites y restricciones es muy estresante, y los niños estresados son más reactivos. Así pues, cuando decimos “no” y ponemos límites a los niños, les ayudamos a descubrir la previsibilidad y la seguridad en un mundo que, de lo contrario, sería caótico. Aquí es donde aparece lo de “redirigir”. Tan pronto como hemos conectado con nuestro hijo y le hemos ayudado a tranquilizarse para que pueda oírnos y entender del todo lo que estamos diciendo, podemos redirigirlo hacia una conducta más apropiada y ayudarle a encontrar un comportamiento mejor.

¿Cómo lidiamos con los niños reactivos o poco cooperativos?, ¿Cómo los redirigimos hacia el uso de su cerebro superior para que puedan tomar decisiones más apropiadas que con el tiempo se conviertan en algo instintivo?

El objetivo primordial no es que los niños hagan lo que nosotros queramos que hagan, vigilándoles o diciéndoles lo que deben hacer. Lo que deseamos más bien es conseguir que aprendan a tomar decisiones positivas y productivas por sí mismos en cualquier trance en el que se vean.

Formúlate una sencilla pregunta: ¿Está mi hijo preparado? ¿Preparado para escuchar, para aprender, para comprender? ¿Estoy listo yo?. Si te hallas en un estado de ánimo reactivo, mejor tener la conversación más adelante. Hay que hacer una pausa. Solo esto. Respira. Procura no reaccionar, castigar o reñir llevado por el enfado.

Sabemos que no es fácil, pero recuerda: si tus hijos se han equivocado de algún modo, debes redirigirlos de nuevo hacia su cerebro superior. Así que también es importante que tú estés en el tuyo. Si tu hijo de tres años tiene una rabieta, no olvides que solo es un niño pequeño con una capacidad limitada para controlar las emociones y el cuerpo.

Después puedes pasar a tus estrategias de redirección:

REDUCIR PALABRAS. En las interacciones disciplinarias, los padres suelen sentir la necesidad de señalar lo que sus hijos han hecho mal y remarcar lo que se debe cambiar la próxima vez. Por su parte, los niños ya suelen saber qué han hecho mal, sobre todo a medida que van haciéndose mayores. Lo último que quieren (o, por lo general, necesitan) es un largo sermón sobre sus errores. Te sugerimos encarecidamente que, cuando redirijas, resistas el impulso de hablar demasiado.

ACEPTAR EMOCIONES. Los padres deben ayudar a los niños a comprender que sus sentimientos no son ni buenos ni malos, lo que hacemos como consecuencia de nuestras emociones determina si nuestra conducta es correcta o no lo es.

DESCRIBIR, NO PREDICAR. La tendencia natural de muchos padres, cuando sus hijos hacen algo que no les gusta, es criticar y predicar. Lo que hemos de hacer es limitarnos a describir lo que vemos, y nuestros hijos comprenderán lo que estamos diciéndoles tan claramente como cuando gritamos, menospreciamos y a todo le encontramos defectos. Y reciben el mensaje con menos agobio y sin estar a la defensiva. La responsabilidad de decidir la respuesta a la observación recae en el niño: bríndarle la oportunidad de defenderse o disculparse si es preciso, y de encontrar una solución al problema.

IMPLICAR A TU HIJO EN LA DISCIPLINA. La disciplina será mucho más respetuosa —y también efectiva— si inicias un diálogo: un acto comunicativo bidireccional, recíproco y colaborativo, en vez de soltar un monólogo. Uno de los mejores resultados derivados de la implicación de los niños en el proceso disciplinario es que suelen tener fantásticas ideas nuevas para resolver problemas, ideas que tú ni te habías planteado. Como es lógico, a veces no hay margen de maniobra. En ocasiones debes decir “no” y ofrecer a tu hijo la posibilidad de aprender algo sobre esperar o gestionar la decepción. En todo caso, por lo general, implicar al niño en la disciplina se traduce en una solución en la que todos salen ganando.

REFORMULAR UN “NO” EN UN “SÍ” CONDICIONAL. Un “no” rotundo puede ser más difícil de aceptar que un “sí” con condiciones. El “no” genera reactividad. Un “sí” activa los circuitos de compromiso social, con lo que el cerebro se vuelve receptivo a lo que está pasando, el aprendizaje es más probable y se favorecen las conexiones con los demás. Esto no tiene nada que ver con proteger a los niños de la frustración ni con darles todo lo que quieran. Por el contrario, guarda relación con acostumbrarlos en la práctica a soportar su decepción cuando las cosas les son inevitablemente desfavorables.

SUBRAYAR LO POSITIVO. Una de las mejores maneras para afrontar el mal comportamiento es centrándote en los aspectos positivos de lo que están haciendo tus hijos pues, lo contrario, centra toda la atención en la conducta que no queremos ver repetida. En lugar de centrarte en lo que no quieres (“¡Deja de enredar y prepárate, vas a llegar tarde a clase!”), haz hincapié en lo que realmente quieres (“Tienes que lavarte los dientes y buscar la mochila”), en las conductas que quieres ver repetidas.

ENFOCAR LA SITUACIÓN DE MANERA CREATIVA. Una de las mejores herramientas que has de tener siempre a mano en tu repertorio parental es la creatividad. No existe una técnica disciplinaria “de talla única” susceptible de ser utilizada en todas las situaciones. Por el contrario, sí hemos de estar dispuestos a improvisar sobre la marcha y encontrar distintas maneras de gestionar cualquier problema que surja, y tener en cuenta diversas respuestas a una situación, aplicando diferentes enfoques partiendo de su propio estilo parental y del temperamento y las necesidades del niño individual. Este interés por la novedad es una de las razones fundamentales por las que el humor y las tonterías pueden ser tan útiles en un momento disciplinario. Asimismo, un sentido del humor respetuoso transmite la ausencia de amenaza. De todos modos, hay que admitir una cosa: a veces no tienes ganas de ser creativo.

ENSEÑAR HERRAMIENTAS DE VISIÓN DE LA MENTE. Mindsight, es la capacidad de ver la propia mente y la de los otros, así como de promover la integración en nuestra vida. Cuando ellos se enfrentan a algo difícil, no queremos que nieguen esta experiencia ni que repriman sus emociones al respecto. Queremos que hablen de lo que está pasando mientras describen su experiencia interna, comunicando lo que sienten y ven en ese momento. Cuando proporcionamos a nuestros hijos herramientas de visión de la mente, les regalamos la capacidad de regular sus emociones para no ser dominados por ellas y, por tanto, no ser víctimas del entorno o de las agitaciones externas.

Ahora tienes acceso a estrategias que realmente modelan el cerebro de forma positiva, permiten a los niños ser emocionalmente inteligentes y a tomar decisiones correctas, fortalecen tu relación con ellos y les ayudan a convertirse en la clase de personas que queremos que sean.

No existe una estrategia aplicable a todas las situaciones. Pero si actúas a partir de una perspectiva Sin Lágrimas, que primero conecta y luego redirige, puedes alcanzar con más eficacia los principales objetivos de la disciplina: conseguir cooperación en el momento y modelar el cerebro de tus hijos para que sean personas amables y responsables que disfrutan de relaciones satisfactorias y de una vida positiva.

A veces, cuando los niños están pasando un rato difícil, no podemos hacer nada para “arreglar” las cosas. No obstante, siempre podemos mostrarnos tranquilos y afectuosos. Siempre podemos estar totalmente presentes.

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