VOLVER AL AMOR

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Este curso no pretende enseñar el significado del amor, pues eso está más allá de lo que se puede enseñar. Pretende, no obstante, despejar los obstáculos que impiden experimentar la presencia del amor, el cual es tu herencia natural.

Volver al amor se refiere a la práctica del amor, como fuerza y no como debilidad, como cotidiana respuesta a las dificultades que afrontamos. ¿De qué manera puede ser el amor una solución práctica? Este libro está concebido para que constituya una guía de la milagrosa aplicación del amor como un bálsamo para todas las heridas. El amor es una fuerza poderosa, la curación, la Respuesta.

Las relaciones son tareas que realizar. Forman parte de un vasto plan para nuestra iluminación, mediante el cual a cada alma se la conduce a una conciencia y a una expansión del amor mucho mayores. Las relaciones son los laboratorios en los cuales se reúnen a personas que así tienen la máxima oportunidad de crecimiento. Se evalúa quién puede aprender más de quién en cualquier momento dado, y después se asigna a esas personas la una a la otra. Ningún encuentro es accidental, se sabe exactamente qué combinación de energías, y en qué contexto exacto, es más útil para llevar adelante el plan.

Hay “tres niveles de enseñanza” en las relaciones. El primer nivel consiste en lo que parecen ser encuentros fortuitos, por ejemplo el de dos extraños en un ascensor o el de dos estudiantes que “por casualidad” vuelven a casa juntos después de la escuela. Es principalmente en los encuentros casuales donde se nos da la oportunidad de practicar el arte de cincelar las aristas ásperas de nuestra personalidad. Sean las que fueren las características personales que se ponen en evidencia en nuestras interacciones casuales, aparecerán inevitablemente magnificadas en otras relaciones más intensas.

En el segundo nivel de enseñanza, se reúnen a las personas para hacer un trabajo más intenso. Durante el tiempo que estarán juntas, pasarán por todas aquellas experiencias que les suministren las siguientes lecciones que han de aprender. Cuando la proximidad física ya no sirve de base al más elevado nivel de enseñanza y de aprendizaje posible entre ellas, la tarea les exigirá la separación física. Sin embargo, lo que entonces se nos aparece como el fin de la relación no es realmente un final. Las relaciones son eternas. Pertenecen a la mente, no al cuerpo, porque las personas son energía y no sustancia física. De hecho, no hay diferentes clases de amor. No hay una clase de amor entre madre e hijo, otra entre amantes, y otra entre amigos. El amor real es el que está en el corazón de todas las relaciones; el cual no cambia con las formas ni con las circunstancias.

Con frecuencia, personas que se han separado ven con tristeza el “fracaso” de su relación. Pero si ambas personas han aprendido lo que tenían que aprender, entonces la relación fue un éxito. Ahora ha llegado el momento de la separación física, de modo que se pueda seguir aprendiendo de otras maneras. Esto no solo significa aprender en otra parte, de otras personas; significa también aprender la lección de puro amor que encierra el hecho de tener que renunciar a la relación. (“Nunca abandones a una persona cuando te estás yendo”). No es la ausencia de otra persona en nuestra vida lo que provoca el dolor, sino más bien lo que hacemos con ella cuando está. Pregúntate: ¿Qué has deseado más veces: que la persona estuviera en paz o que te llamara (escribiera)?

Las relaciones del tercer nivel que duran toda la vida, son generalmente pocas, porque “su existencia implica que los que intervienen en ellas han alcanzado simultáneamente un nivel en el que el equilibrio enseñanza-aprendizaje es perfecto”. Esto no significa, sin embargo, que necesariamente reconozcamos las tareas que nos son asignadas en el tercer nivel; la verdad es que en general no es así. Hasta es probable que sintamos hostilidad hacia esas personas. Alguien con quien tenemos lecciones que aprender durante toda la vida es alguien que nos obliga a crecer. A veces es alguien con quien compartimos amorosamente toda la vida, y a veces es alguien a quien sentimos durante años, o incluso para siempre, como una espina clavada en el corazón. El solo hecho de que alguien tenga mucho que enseñarnos no significa que esa persona nos guste. La gente que más tiene que enseñarnos suele ser la que nos muestra, como si los reflejara, los límites de nuestra propia capacidad de amar, la gente que consciente o inconscientemente cuestiona nuestras actitudes temerosas y nos muestras nuestras murallas. Nuestras murallas son nuestras heridas, los lugares donde sentimos que ya no podemos amar más, no podemos conectarnos con más profundidad, no podemos perdonar más allá de cierto punto. Estamos, cada uno, en la vida de los otros para ayudarnos a ver dónde tenemos más necesidad de sanar, y para ayudarnos a sanar.

LA RELACIÓN ESPECIAL

La búsqueda de la persona perfecta, que represente la “solución”, es una de nuestras peores heridas psíquicas, y uno de los engaños más poderosos del ego. Es lo que se llama “la relación especial”. Aunque la palabra “especial” alude normalmente a algo maravilloso, desde esta perspectiva significa “diferente” y, por lo tanto, “separado”. Una relación especial es una relación basada en el miedo. Nadie es diferente ni especial porque en realidad nadie está separado de nadie. Esto no significa que la forma de relacionarnos tenga que ser la misma con todas las personas, sino que debemos buscar en todas las relaciones el mismo contenido: un amor fraternal y una amistad que transcienden los cambios de forma y los cuerpos.

Después de la separación empezamos a sentir en nuestro interior un enorme agujero, y la mayoría de nosotros seguimos sintiéndolo. El dolor que sentimos es nuestra propia negación del amor. El ego, sin embargo, nos dice otra cosa. Sostiene que el amor que necesitamos debe venir de otra persona, y que ahí fuera hay alguien especial que puede llenar ese hueco. Como el deseo de ser alguien especial surge en realidad de nuestra creencia en que estamos separados, el deseo mismo simboliza la separación y la culpa que sentimos a causa de ella. Por eso, con frecuencia en nuestras relaciones más íntimas se genera tanta rabia. Estamos proyectando en la otra persona la rabia que sentimos contra nosotros mismos por amputar nuestro propio amor.

La relación especial no se basa fundamentalmente en el amor, sino en la culpa. La relación especial es la fuerza de seducción del ego que pugna por alejarnos de nosotros mismos. El ego nos dice que ahí fuera hay una persona especial que hará que desaparezca todo el dolor. Nuestra cultura nos ha metido la idea en la cabeza, valiéndose de libros, canciones, películas, anuncios y, lo que es más importante la conspiración de los otros egos. Pero las relaciones no necesariamente nos libran del dolor. Lo único que nos “libra del dolor” es sanar aquello que nos lo causa. 

La relación especial vuelve demasiado importante a otra persona: su conducta, su opinión de nosotros. Nos hace pensar que la necesitamos, cuando en realidad estamos completos y enteros tal como somos. El amor especial es un amor “ciego”, que se equivoca al elegir la herida que intenta sanar. Una relación no está destinada a ser la unión de dos inválidos emocionales. El propósito de una relación no es que dos personas incompletas se conviertan en una, sino que dos personas completas se unan.

La relación especial es un dispositivo mediante el cual el ego nos separa en lugar de unirnos (“una relación especial es un tipo de unión en el que la unión está excluida”). Basada en la creencia en el vacío interior, está siempre preguntando:”¿Qué puedo conseguir?” en vez de preguntar: “¿Qué puedo dar?” El ego procura usar a otras personas para satisfacer lo que define como nuestras necesidades. Pero cuando intentamos usar una relación al servicio de nuestros propios fines, vacilamos, porque reforzamos nuestra ilusión de necesidad. Bajo la dirección del ego andamos siempre en busca de algo, y sin embargo, continuamente saboteamos lo que hemos encontrado.

El ego no busca alguien a quien amar, sino alguien a quien atacar. En la relación especial, yo tengo miedo de mostrarte la auténtica verdad de mí misma -mis miedos, mis debilidades- porque temo que, si la ves, me abandonarás. Estoy suponiendo que eres un crítico tan despiadado como yo. Y sin embargo no estiro el cuello para ver tus puntos débiles, porque me pone nerviosa pensar que estoy con alguien que tiene puntos débiles. Todo el tinglado va en contra de la autenticidad, y por consiguiente, del auténtico crecimiento. Una relación especial perpetúa la mascarada autopunitiva en la que todos buscamos desesperadamente atraer el amor siendo alguien que no somos.

¿Cuál es aquí nuestro milagro? Dejar de pensar en querer ser especial y empezar a pensar en una relación sagrada. Nuestras pautas mentales respecto a las relaciones están tan impregnadas de miedo -ataque y actitudes defensivas, culpa y egoísmo, por más bonitos disfraces que les pongamos-, que muchas veces terminamos de rodillas.

LA RELACIÓN SAGRADA

La relación sagrada es la relación especial de antes transformada. El propósito de una relación especial es enseñarnos a que nos odiemos a nosotros mismos, en tanto que el propósito de una relación sagrada es salvarnos de nuestro autoaborrecimiento. En una relación especial estamos siempre tratando de ocultar nuestras debilidades. En una relación sagrada, se sobreentiende que todos tenemos lugares aún no sanados, y que el propósito de que estemos con otra persona es sanar.

La esencia del “especialismo” no es el amor sino la explotación. Lo que llamamos amor es a menudo odio, o en el mejor de los casos, un robo. Aunque tal vez no seamos conscientes de ello, siempre buscamos a alguien que tiene lo que creemos que a nosotros nos falta, y una vez que lo obtenemos de ellos, nos sentimos listos para cambiar de relación. En una relación sagrada no estamos interesados en el otro por lo que puede hacer por nosotros. Estamos interesados en la persona, y punto. 

La relación sagrada es, por encima de todo, una amistad entre dos personas. No nos han puesto aquí para que nos sometamos a examen los unos a los otros, ni para juzgarnos ni para usar a los demás como el fin de satisfacer nuestras propias necesidades, las de nuestro ego. No estamos aquí para corregir, cambiar o despreciar a los demás. Estamos aquí para apoyarnos, perdonarnos y sanarnos los unos a los otros.

¿Cómo encontramos una relación sagrada? No pidamos cambiar de persona, sino cambiar mentalmente. El único problema que realmente tienes es que te has olvidado de quién eres. No escapemos de alguien que nos atrae porque tenemos miedo de que sea una relación especial. Siempre que hay una relación en potencia, existe la posibilidad de que sea especial. El progreso espiritual es como una desintoxicación. Las cosas tienen que aflorar para que podamos liberarnos de ellas. ¿Cómo puede ayudarnos un médico si no le mostramos nuestras heridas? Si una relación nos permite a penas evitar nuestras zonas enfermas, nos estamos ocultando en ella, no creciendo.

Nuestra neurosis en las relaciones se deriva generalmente de que tenemos un programa preestablecido para la otra persona, o para la relación como tal. No es misión nuestra tratar de convertir una relación en lo que nosotros creemos que debería ser. Amamos con pureza cuando permitimos a los demás que sean como son. El ego busca la intimidad mediante el control y la culpa; cuando una relación sagrada la busca mediante la aceptación y la liberación. En una relación sagrada no procuramos cambiar a los demás, sino más bien ver qué hermosos son ya. Lo que nos hace sufrir en una relación es nuestra incapacidad de aceptar a la gente exactamente tal como es.

Nuestro ego no es otra cosa que nuestro miedo. Todos tenemos un ego, y eso no hace de nosotros malas personas. El ego no es el lugar donde somos malos, sino donde nos sentimos heridos. Lo que el ego no quiere que veamos es que nuestra seguridad reside verdaderamente en despojarnos de la máscara. Pero no lo podremos hacer si constantemente tememos que nos juzguen. La relación sagrada es un contexto donde nos sentimos lo suficientemente seguros para ser nosotros mismos, sabiendo que nuestra oscuridad no será juzgada, sino perdonada. Una relación sagrada es “un estado mental común, donde ambos gustosamente le entregan sus errores a la corrección, de manera que los dos puedan ser felizmente sanados cual uno solo”.

Un día nos daremos cuenta de que nada sucede fuera de nuestra mente. La forma en que parece que una persona se nos muestra está íntimamente vinculada con la forma en que nosotros optamos por mostrarnos a ella. He aprendido que mis respuestas más productivas en las relaciones no se dan cuando me concentro en los detalles referentes a otra persona, sino cuando me esfuerzo en desempeñar mi propio papel en la relación en el nivel más alto de que soy capaz.

El amor es una emoción que requiere nuestra participación. En una relación sagrada asumimos un papel activo en la creación de un contexto en el que la interacción puede desplegarse de la manera más constructiva. Parte del trabajo sobre nosotros mismos, con el fin de prepararnos para una relación profunda, es aprender cómo apoyar a otra persona para que sea lo mejor que puede ser.

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