EDUCAR PARA AMAR LA VIDA

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Tenemos que educar para la vida, pero, sobre todo, tenemos que educar para amar la vida, que significa iluminar las delicias del vivir, para que hijos y alumnos quisieran vivir su propia historia de amor con la vida. Hacer que la encuentren tan atractiva que no tengan otro remedio que rendirse a ella y ponerse a su servicio.

Si eres padre/madre o maestro/maestra, tienes que hacerte esta pregunta: ¿Cómo ves la vida, como un regalo o como una carga?

Tenemos que preguntarnos cómo vemos la vida, porque educamos según la visión que tenemos de ésta. Si la vemos como un regalo, la amaremos y sabremos hacer que la amen a pesar de las sacudidas que podamos experimentar. Si la vemos como una carga o una fatalidad, las opciones que tenemos son dos. Una es envolver a los niños entre algodones y, otra, es hacer todo lo contrario a sobreproteger.

Los niños necesitan dos cosas: sentirse amados y sentir que la vida vale la pena. ¿Cómo queremos que tengan ganas de crecer y tomar las riendas de su vida si les damos a entender que les espera la calamidad? ¿Cómo queremos que se apasionen por algo si perciben en nosotros decepción y desesperanza? Quien se apasiona por un “qué” es muy probable que acabe encontrando un “cómo”. El propósito de educar no tiene que ser esforzarnos a hacer, sino amar para hacer y hacer para amar.

A veces forzamos a los niños a hacer cosas que van contra su naturaleza. Decimos que lo hacemos por su bien, pero en realidad lo hacemos por nosotros, por obsesiones y temores nuestros. Cuando, por ejemplo, una madre sufre más de la cuenta por si ocurre cualquier cosa que haga sufrir a su hijo, quien sufre tanto no es la madre, es la niña interior de la madre. Tenemos que convertirnos en adultos resilientes, que han sabido aprovechar las dificultades como maestras de vida y pueden tolerarlas en sí mismos y en sus hijos o alumnos.

Todo niño necesita al menos una mano adulta que lo acompañe en los descubrimientos dulces y amargos de la vida, que le dé calorcillo al corazón y que lo ayude a elaborar sentimientos reparadores. Pero hay otra cosa tan prioritaria o esencial como esta. Todos los niños tienen que crecer con el fuego interno de la alegría encendido. Una alegría no significa estar siempre contentos, sino estar convencidos de que la vida merece la pena a pesar de las penas.

Tan negativo es pensar que los sueños son irrealizables como considerar que cualquier sueño es posible. Los sueños lo que son es imprescincibles. Soñemos a lo grande y la vida ya dirá lo que tenga que decir. Muy a menudo es necesario también un proceso terapéutico previo para desactivar los obstáculos internos que interceptan el sueño. A veces es necesario un proceso del alma que nos deje en la vibración emocional interna que nuestro sueño necesita.

Uno de mis sueños es la alegría. La alegría por nada en concreto de la que habla Joan Garriga, que significa estar abierto a la vida y a sus diferentes caras. La alegría por el simple hecho de existir. Una alegría de vital necesidad, que puede sonar atrevida en el contexto actual. ¿Se puede realmente contagiar la alegría de ser o de existir en tiempos difíciles como estos? Confundimos a menudo a los optimistas con los ilusos. El iluso solo ve la cara amable de la realidad. El optimista, en cambio, ve las dos cosas: reconoce las cosas ingratas y negativas, pero hace una apuesta decidida por las bonitas y positivas y trabaja tenazmente para fomentarlas. ¿Alegría para qué? Para contagiar alegría y llenar la vida de amor y belleza. Educar para amar la vida y amar la vida para educar. Eso tendría que ser el lema de todos los educadores.

La tristeza y el luto son reacciones normales del cuerpo, pero hemos llegado a un punto en que se consideran enfermedades. La tristeza natural surge de las pérdidas no se cura con pastillas. Y cuando llega puede que se quede una larga temporada. Dejar que nos habite es mejor que evitarla. Y procurar que nos transforme o que transforme algo para mejorarlo es más sabio que querer echarla como sea. Si permitimos que nos roben las penas, nos perdemos lecciones de vida que solo estas pueden ofrecernos y que no podemos aprender de ninguna otra manera. La tristeza puede ser semilla de alegría.

La sintonía íntima con la vida requiere una cuádruple conexión que la familia, la escuela y la sociedad tenemos que fomentar. La primera conexión que nos hace falta es la conexión con el ser interior. La educación tiene que ser un camino hacia uno mismo. Tiene que ponernos en contacto con nuestro corazón, con lo que sentimos y necesitamos, con nuestras luces y sombras, con nuestros talentos y dificultades. Prestar atención a las sensaciones, las imágenes, los sentimientos y los pensamientos de nuestro mundo interior tiene consecuencias científicamente probadas: mejora la salud de nuestras células y del sistema inmunitario. Ello requiere practicar ratos de silencio, de inacción, de meditación y de mirada interior, de escucha consciente de uno mismo. Educar es guiar y acompañar a la persona en el camino para llegar a ser ella misma. Eso implica iluminar su potencial, contribuir a crear las mejores condiciones para que las capacidades de la persona puedan florecer de acuerdo a su esencia, naturaleza y ritmo.

La conexión con uno mismo es la base de la conexión con los otros. Cuanto más amplia y evolucionada esté la conciencia de uno mismo, más grande será la identificación con los otros. Los padres y madres tenemos que practicar un egoísmo altruista. Debemos ocuparnos de nuestro crecimiento y bienestar, no solo del de nuestros hijos, y velar por nuestra propia felicidad.

La segunda es la conexión con las raíces familiares. La educación tiene que ser también un camino hacia el descubrimiento, la comprensión y el respeto de los vínculos que nos constituyen. A veces, la vibración profunda del alma con el amor y la alegría puede haber quedado interceptada por las heridas de nuestra historia personal y familiar. Según Boris Cyrulnik, ante un trauma emocional personal o familiar hay dos caminos: lamentarse o modificar la representación de los hechos a través de un relato reparador que transforme los sentimientos. A menudo no podemos escoger lo que nos ocurre, ni las emociones primarias que eso nos genera. Pero sí podemos escoger qué sentido y qué utilidad queremos darle y vinculado a qué sentimientos queremos guardarlo en nuestra memoria emocional. Nadie dice que sea sencillo, pero, sea cual sea nuestra historia, la opción de restaurar la sintonía con la vida siempre es posible. Un entorno afectivo acogedor y seguro, que permite elaborar y comprender las emociones, modificar la representación de un hecho, trasformar el recuerdo y reinventar la propia vida, con ayuda de la palabra y las imágenes, es el factor de protección más valioso ante un hecho traumático. ¿Qué hace falta en tu familia para que resplandezca la alegría y cómo puedes contribuir a ello?

La tercera conexión necesaria es la que nos une a la naturaleza, la Tierra y el cosmos. Los seres humanos nos consideramos superiores al resto de los seres vivos y esto nos impide aprender de las demás formas y expresiones de la vida. No es el miedo a la catástrofe el que preservará el planeta, es el amor y la reverencia a cualquier forma de vida. Y es la armonía con nosotros mismos y con nuestras raíces la que nos conducirá a la armonía con la Tierra.

Una acción tan vital y a veces tan poco consciente como respirar ratifica nuestra conexión y dependencia absoluta de la Tierra y el cosmos. Cada bocanada de aire que inspiramos y expiramos nos une a través de un hilo invisible con los árboles, con la naturaleza, con la Tierra y con el universo entero. Los seres humanos somos uno más de estos elementos y dependemos por completo de los otros para subsistir. Favorece una conciencia ecológica y planetaria profunda, así como el consumo responsable y sostenible que tan necesarios son. La educación también tiene que ser, como decía Tagore, “un camino para poner nuestra vida en armonía con toda la existencia”.

Finalmente, la cuarta conexión tiene que ver con la muerte. La educación tiene que ser un camino que nos prepare también para la pérdida, el desprendimiento y la muerte. El significado que damos a la muerte influye de forma decisiva en cómo transitamos por los duelos y en cómo salimos de ellos. Y la manera de ver y vivir la muerte que tenemos en Occidente no nos ayuda demasiado, precisamente, a transitarnos con luz y a recobrar pronto la alegría. ¿Y si murieras esta noche?

Hay personas que resuenan sobre todo con lo que les falta, con lo que han perdido o de lo que carecen. Su emoción de fondo es la tristeza. Hay personas que resuenan sobre todo con la parte negativa o imperfecta de las cosas, con lo que está mal o no es como ellas desean. Su emoción de fondo es la rabia. Otro tipo de personas resuenan sobre todo con la desconfianza, las que no se fían de nada ni de nadie y están convencidas de que si algo puede salir mal, saldrá mal. Su emoción de fondo es el miedo. Finalmente, existen personas que vibran con el amor y la alegría. Es el tipo de personas que debemos ayudar a construir desde la educación, son las que necesitan nuestro mundo y es así como los padres y maestros debemos ser para contagiar amor a la vida a los niños. Es perfectamente compatible con sentir a veces tristeza, rabia o miedo. Es inevitable e incluso necesario sentir estas emociones, siempre que sea puntualmente y no se conviertan en sentimientos de fondo permanentes y enquistados.

Si somos responsables de nuestro propio crecimiento como personas, conviene que nos preguntemos desde dónde hablamos y actuamos. ¿Qué huella estás dejando cuando lo haces, qué emociones estás generando y contagiando?

Las personas que vibran con el amor y con la alegría tienen una sensibilidad especial para captar el alma de las otras personas y de las cosas. Las cualidades de estas personas que aman la vida son: que no están sujetas a la tiranía del ego, viven en el presente y han conseguido reparar y trascender emociones no resueltas de su pasado, y esto les permite experimentar emociones naturales y primarias sin sufrir trastornos ni quedar atrapadas en ellas.

El mundo de la educación está lleno de voces e iniciativas que piden e impulsan una transformación profunda en las escuelas y en la enseñanza. Es evidente que nos conviene un rumbo nuevo, pero carecemos aún de una trayectoria suficientemente clara y definida, quizás porque tenemos bastante desdibujado el propósito que debe ser el motor de esa transformación. Dice el profesor de la Universidad de Valencia Jaume Martínez Bonafé que la escuela ha naturalizado lo que no es natural. Recuerda que en las entrevistas escolares, nunca ningún padre o madre le preguntó si sus hijos eran felices en la escuela. La pregunta más importante o significativa de la entrevista siempre era: “¿Cómo va mi hijo en lengua y en matemáticas?” Ni siquiera la salud emocional, que es crucial y ocupa gran parte de mi tarea, tiene que ser el propósito de la educación. Siempre digo que la educación emocional es solamente una de las claves para abrir la puerta del corazón y ampliar nuestra paleta de colores para mirar y pintar la realidad.

El gran propósito de la educación debe ser estar profundamente conectado con la vida para generar y compartir bellos y buenos momentos vitales. Tener una vocación, conocerla, amarla y servirla con pasión es necesario, pero no es suficiente. Hace falta que esta vocación sea fruto del amor a la vida y nos haga amar la vida.

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