FELIZ FINAL

9788432234101Isaac Rosa aborda en esta novela un tema universal, el amor, desde los muchos condicionantes que hoy lo dificultan: la precariedad y la incertidumbre, la insatisfacción vital, las interferencias del deseo, el imaginario del amor en la ficción…
Porque es posible que el amor, tal y como nos lo contaron, sea un lujo que no siempre podemos permitirnos.

Mucho estaba tardando en aparecer el episodio con tu madre, para completar el catálogo de reproches mezquinos. Ya lo cuento yo, que no se me ha olvidado. Señoras, señores, ocupen sus localidades y desconecten sus teléfonos móviles, que está a punto de comenzar el Gran Duelo Materno Intergeneracional. Nos encontramos en una cena navideña. A un lado de la mesa tenemos a una madre, ya abuela, que crió hijos hace más de treinta años, y a la que llamaremos Madreliberada: militante en el feminismo de los setenta y ochenta, Madreliberada ejerció cuantos derechos fue conquistando: trabajar fuera de casa, regular su fertilidad con anticonceptivos, abortar, divorciarse. Del otro lado, una madre primeriza a la que llamaremos Madrenatural: también de convicciones feministas, Madrenatural ha decidido priorizar la crianza de su hija por encima de su carrera profesional, para espanto e incomprensión de familiares, amigos y a ratos su propio marido. Ahí tienen a cada madre a un lado del cuadrilátero…

Se percibe cierta tensión en el ambiente, por roces previos que incluyeron comentarios indirectos lanzados por Madreliberada contra Madrenatural, que hasta ese momento ha preferido ignorarlos. Madrenatural está sentada a la mesa con su bebé en brazos, que duerme con los labios entreabiertos junto al pezón del que cuelga una última gota tibia. Madreliberada bebe su cuarta copa de cava, que se suma a cinco copas de vino durante la cena, un gin tonic previo y un jerez de aperitivo. Madrenatural no ha probado más alcohol que el del brindis, por ser incompatible con la lactancia.

Madreliberada habla con su hija, cuñada de Madrenatural, y a su vez madre de otro bebé que duerme en una cuna al fondo de un pasillo, con la puerta cerrada y un intercomunicador. Madreliberada le dice a su hija que no entiende cómo las mujeres han vuelto a caer en la trampa, y que esta vez se han metido ellas solas. Madrenatural vuelve los ojos hacia su marido, que le esquiva la mirada y propone a la mesa debatir sobre el discurso del rey que han escuchado unas horas antes, pero Madreliberada no se da por aludida y dice que es una pena, con todo lo que ellas lucharon para liberarse del patriarcado, y que ahora haya mujeres que se lancen a él de cabeza y encima presuman de ello. Madrenatural suelta un resoplido bien sonoro, de hasta aquí hemos llegado. Madreliberada estira la cuerda otro poco: nosotras nos liberamos de la dominación de nuestros maridos, y ahora van estas madres y se entregan felices a un nuevo amo y señor: el bebé, que es el nuevo agente del patriarcado, la madre sometida a su hijo como antes lo estuvo al marido.

Madrenatural desenfunda por fin: pero de qué liberación estás hablando, lo único que hicisteis fue entregaros al mercado de trabajo sin modificarlo ni hacerlo igualitario, reproduciendo los patrones masculinos, en inferioridad de condiciones, aguantando doble jornada dentro y fuera de casa, y haciendo pagar un precio a vuestros hijos; si esa es la liberación, conmigo no cuentes, gracias. Madreliberada tarda unos segundos en reaccionar, parece noqueada por el inesperado y agresivo golpe. El resto de comensales asiste en incómodo silencio, hasta que por fin Madreliberada contraataca: mira, no te consiento que digas que hicimos pagar un precio a nuestros hijos, ya está bien del discursito de las buenas madres y las malas madres, se puede querer a un hijo y darle todo lo que necesita sin llevarlo todo el día colgado a la teta; es que de verdad alucino de cómo habéis caído en la trampa, todo eso del instinto maternal, el vínculo exclusivo de madre e hijo, el misticismo de la crianza, joder, nos pasamos años luchando para que los hombres se hiciesen también cargo de sus hijos, y ahora vais y los echáis del dormitorio para poder dormir pegadas a vuestro bebé, y como eso todo lo demás: renunciáis a la epidural, gracias a la que nosotras vencimos la milenaria maldición bíblica de parir con dolor; veis con sospecha la píldora anticonceptiva por ser química, cuando a nosotras nos permitió ser dueñas de nuestros cuerpos, nosotras parimos, nosotras decidimos; os quedáis en casa cuidando al hijo mientras el marido trabaja, después de lo que nos costó escapar del hogar; permitís que el marido se desentienda porque no puede ni darle un biberón si se despierta de noche; renunciáis a todo placer pues el único placer es ver cómo maman vuestros hijos; y hasta algunas defienden los pañales lavables, que es como volver un siglo atrás; ¡siempre acabo pensando que el más ferviente partidario de la crianza natural debe de ser el papa!, porque todo esto parece el sueño húmedo de cualquier ultracatólico, el pack completo: la mujer en casa, sin píldora, el parto con dolor, la familia tradicional, la madre ascética y con profundo sentimiento de culpa, y todo sin que el patriarcado haya tenido que mover un solo dedo, ¡os habéis metido vosotras solitas en la jaula!

Madrenatural tiene un primer impulso de levantarse y abandonar el salón con su bebé, al que quiere ahorrarle todo aquello, pero aún dispara una bala más: pues para ser tan feminista, eso que has dicho no puede ser más machista; según tú, las mujeres somos tan tontas que nos han engañado creyendo que el parto natural o la crianza con apego eran un paso adelante en nuestra lucha por ser dueñas de nuestros cuerpos y de nuestras vidas; no te has parado a pensar que quizás lo que pasa es que no nos interesa el modelo de mujer que nos dejasteis: trabajar en un mercado laboral donde llevamos siempre las de perder, criar y cuidar en un mundo donde sobran los niños, eso sí, consolándonos con el discursito de la conciliación, que por lo visto quiere decir escolarizar a los hijos desde que nacen, dejarlos en la guardería antes de que amanezca y recogerlos al anochecer; no, gracias.

Es entonces cuando interviene en la conversación el que faltaba: el marido cretino de Madreliberada, aficionado a llevar la contraria a su mujer sea cual sea el tema a discutir, y que en este caso ofrece a Madrenatural un apoyo que ella no desea: tu nuera tiene razón, los chiquillos donde mejor están es en casa con su madre, como toda la vida. Madreliberada desoye a su cretino esposo, y continúa: no te das cuenta de que toda esa historia de reivindicar la maternidad se extiende justo cuando llega la crisis económica: en cuanto escasea el trabajo lo acaparan los hombres y mandan a las mujeres de vuelta a casa. Interviene ahora el marido de Madrenatural e hijo de Madreliberada, con el noble propósito de tender puentes entre ambas mujeres, aunque para ello usa un cemento de la peor calidad: yo creo que las dos tenéis parte de razón, tan respetable es la mujer que elige realizarse como trabajadora, como la que elige realizarse como madre. Yo no busco realizarme, interrumpe Madrenatural, hablamos demasiado de las madres y muy poco de los hijos, y deberían estar en el centro, porque vivimos en un mundo radicalmente antiniños; si no estás dispuesta a dar todo por tu hijo, no lo tengas, no es obligatorio.

Pero no podemos reducir a la mujer a su condición de madre, dice ahora la hija de Madreliberada y cuñada de Madrenatural, y que por cierto aplicó a su hijo un método conductista de adiestramiento del sueño: no podemos reducir a la mujer a su condición de madre, y encima ese modelo tradicional de madre abnegada que antepone siempre las necesidades de los demás a las suyas. Lo que no podemos es anteponer las necesidades del sistema productivo a las del bebé, replica Madrenatural, que tira a dar: no puede ser que los niños tengan que dormir de un tirón no porque sea lo mejor para ellos, sino para que su madre pueda rendir al día siguiente de ocho a tres, y así ganar suficiente para sus vacaciones europeas. Mejor eso que una mujer que depende económicamente del varón por quedarse en casa a criar, salta Madreliberada, en defensa de su agraviada hija. Perdona, pero tú no eres la más indicada para hablar de dependencia económica del varón, bombardea Madrenatural, señalando al cretino con un golpe de cabeza. Todos boquiabiertos en la mesa. Madrenatural se levanta y sale del salón con su hija en brazos, su marido la sigue por el pasillo y dejan atrás el revoloteo indignado del resto de comensales. Fin de la comedia.

Cuando el amor se acaba, surgen las preguntas: ¿dónde se torció todo?, ¿cómo hemos acabado así? Todo amor es un relato en disputa, y los protagonistas de éste cruzan sus voces, confrontan sus recuerdos, discrepan en las causas, intentan acercarse. Feliz final es una autopsia implacable de sus deseos, expectativas y errores, donde afloran rencores sedimentados, mentiras y desencuentros, pero también muchos momentos felices.

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