AUTORRETRATO SIN MÍ

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En Autorretrato sin mí el lector primero sospecha que Aramburu habla de sí mismo, pero descubre enseguida que habla de todos nosotros. Sin brizna alguna de exhibicionismo, con la cadencia y las palabras justas, estas palabras conforman el relato de una vida no mediante el ejercicio de la introspección, sino a través de las vinculaciones emocionales, reflexivas y poéticas, con un mundo en el que nos reconocemos.

Sus páginas plasman en escenas inolvidables las relaciones familiares, la vinculación con los padres, el amor, los hijos, los gozos y las angustias con que está hecha la biografía de todos nosotros. Emoción y agradecimiento a la vida. Por eso es un libro que debe leerse a sorbos lentos, un libro que difícilmente va a olvidarse.

Habito desde que nací en un hombre llamado Fernando Aramburu. No voy a quejarme. Hay desiertos peores. Este hombre me obliga a madrugar. Se ha metido en años. Tenía una melena que se le derramaba sobre los hombros. Hoy lleva, llevamos, los pensamientos al aire.

Contraje la poesía a edad temprana. La he combatido o, en todo caso, paliado con el humor. Estuvimos largo tiempo sin hablarnos. No la necesito menos que entonces; pero ya no bajo de noche, a oscuras, a proveerme de ella en las galerías del hombre que me abarca. La busco y a veces la encuentro en las páginas que otros escribieron.

Este hombre me hace madrugar para cumplir a diario el sueño de un lejano adolescente que quería ser escritor. Llevamos tanto tiempo juntos que ya no sé si él es yo o yo soy él. Hemos acumulado otoños, libros y una muchedumbre de hojas caídas que forman un suelo de serenidad. Compartimos lo bueno y lo triste. Aún respiramos con los pulmones también compartidos.

HORAS DE SERENIDAD

Salvo que medie un disgusto o me horade con su dedo afilado una dolencia, al declinar la tarde llegan mis horas favoritas, previas al reposo nocturno. Cumplidas las tareas del día, la casa sosegada, me retiro a la soledad del cuarto y, acomodado en asiento sencillo, me consagro hasta la medianoche al ejercicio deleitoso de la lectura.

A mi derecha, sobre una mesa baja de tablero circular, están la lámpara, el cuaderno de anotaciones, tal vez un diccionario si el libro que entretiene mis ocios fue escrito en un idioma que no domino enteramente, y de vez en cuando, llevado por mi inclinación a los placeres apacibles, un vaso con una sabia cantidad de vino.

No necesito más, y aun eso es mucho, para estar a buenas con la modesta y torcida sombra que proyecto sobre el suelo. Poco a poco la ventana ennegrece, la noche encierra en su cajón oscuro los paisajes y es entonces, a solas en mi reclusión voluntaria, ya no joven, cuando me entrego a la tranquila felicidad del libro abierto.

En los vocablos ordenados con mayor o menor pericia por un hombre a quien ni siquiera conozco personalmente, por una mujer que quizá ya no vive, busco porciones de profundidad que procuren espacios nuevos a mi defectuoso entendimiento. Busco un poco de música verbal que me consuele y emocione. Busco, en fin, aquellas invenciones curiosas, intensas, divertidas, dramáticas, que, ideadas por un escritor de genio y revividas por un lector atento, continúan significando en unas páginas.

Horas gratas, horas de serenidad, que generosamente deparan a un hombre el aliciente de una aventura en su crepúsculo. Una prosa que acierta a fluir con maestría, en la que se aúnan la naturalidad, la perspicacia, la elegancia. Unos versos finos como hilos de cristal que pronuncio con cuidado, en voz baja, para que no se rompan. No se me ocurre con que mayores dones podría despedirme el día.

Y así, no es raro que en el momento de entregarme a la noche acuda a mi garganta una honda sensación de agradecimiento. Extinguida por fin la luz, todavía admirado, acoso conmovido, me parece percibir en la oscuridad del cuarto, mientras espero me venza el sueño, el olor literario del papel.

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